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propecia buy Se establecen las siguientes garantías de los derechos constitucionales:

1-      Toda persona que de modo actual o inminente, sufra en forma ilegal o arbitraria, cualquier tipo de restricción o amenaza en su libertad personal, podrá ejercer la garantía de Habeas Corpus recurriendo ante cualquier juez.

Igualmente se procederá en caso de agravamiento arbitrario de las condiciones de su detención legal o en el de desaparición forzada de personas.

La presentación no requerirá formalidad alguna y podrá realizarse por sí mismo o a través de terceros, aún sin mandato.

El juez con conocimiento de los hechos y de resultar procedente, hará cesar inmediatamente y dentro de las veinticuatro horas, la restricción, amenaza o agravamiento, aún durante la vigencia del estado de sitio. Incurrirá en falta grave el juez o funcionario que no cumpliere con las disposiciones precedentes.

2-      La garantía de Amparo podrá ser ejercida por el Estado en sentido lato o por particulares, cuando por cualquier acto, hecho, decisión u omisión proveniente de autoridad pública o de persona privada, se lesione o amenace, en forma actual o inminente con arbitrariedad o ilegalidad manifiesta, el ejercicio de los derechos constitucionales individuales y colectivos.

El Amparo procederá ante cualquier juez siempre que no pudieren utilizarse, por la naturaleza del caso, los remedios ordinarios sin daño grave o irreparable y no procediese la garantía de Habeas Corpus.

No procederá contra leyes o contra actos jurisdiccionales emanados del Poder Judicial.

La ley regulará el Amparo estableciendo un procedimiento breve y de pronta resolución para el ejercicio de esta garantía, sin perjuicio de la facultad del juez para acelerar su trámite, mediante formas más sencillas que se adapten a la naturaleza de la cuestión planteada.

En el caso, el juez podrá declarar la inconstitucionalidad de la norma en que se funde el acto u omisión lesivos.

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Preamblepropecia buy November 23rd, 1999 | propecia buy | propecia buy , | propecia buy , , | Comments Off

Buenos Aires, noviembre 12 de 1999.

Considerando:

1.- De la información que integra el banco de datos de la demandada, y cuya difusión a pedido de terceros realiza, el actor sólo pretende la supresión del dato queda cuenta de una inhabilitación en todo el país para operar en cuenta corriente por infracción al art. 302    del CPen.

No se encuentra controvertida la veracidad del informe, ni la facultad que le asiste a la demandada de ejercer la actividad comercial que lleva a cabo.

En la causa penal 1398 caratulada “C…, Alberto y Barembuen, Víctor s/ art. 302 del CPen.    ” se dictó sentencia el 31/10/1989 condenándose al actor a 1 año y 8 meses de inhabilitación especial para ser titular de cuenta corriente bancaria o para ser autorizado para operar en las de terceras personas. Cumplida la condena, la causa fue archivada el 18/2/1991. La condena dictada en ese proceso es la que da lugar a la información antes aludida.

El actor sostiene que, en orden a lo normado en el art. 51 inc. 3    del CPen., el dato difundido y cuya supresión pretende, se encuentra caduco. Que al haberse cumplido la pena el 31/4/1991 dicho dato podía difundirse -conf. al art. 51    del CPen.- hasta el 31/4/1996 y no por un plazo de 10 años como lo hace la demandada.


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propecia buy November 18th, 1999 | propecia buy | propecia buy , | propecia buy | Comments Off

Lascano Quintana Demandado: Veraz S.A. s/ habeas data

propecia buy February 23rd, 1997 | propecia buy | propecia buy , , | Comments Off

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SUMARIO: I. El caso.- II. La decisión de 1ª instancia.- III. El fallo de Cámara.- IV. Consideraciones sobre la caducidad de datos personales almacenados en registros informatizados: a) Reglamentación razonable del derecho a recolectar y difundir información nominativa; b) La difusión de datos pasados puede lesionar el derecho a la privacidad; c) La caducidad del dato como motivo de procedencia del hábeas data; d) El principio de finalidad en la recolección de datos personales; e) Existencia de discriminación; f) Proyectos de reforrma y de reglamentación del hábeas data; g) Derecho comparado.- V. Conclusión

I. EL CASO

El fallo que anotamos incursiona en uno de los problemas que plantea la recopilación de datos personales en registros informatizados.

Un particular interpuso acción de hábeas data a los fines de suprimir los datos que mantenía una agencia de informes comerciales, sosteniendo que los mismos estaban caducos por haber transcurrido un lapso excesivo de tiempo. Los datos consistían en inhabilitaciones para operar con cuentas corrientes que el actor había tenido hacía más de diez años en tres bancos. Argumentó asimismo que la existencia de esa información le causaba un perjuicio en su esfera patrimonial, puesto que le dificultaba el acceso al crédito y la posibilidad de obtener una tarjeta de compras.

La demandada sostuvo que los datos eran dados de baja a los diez años, negándose a suprimirlos pues entendió que (i) la información cuestionada era cierta y (ii) que al difundir los datos a terceros, siempre se aclaraba que las inhabilitaciones estaban vencidas.

II. LA DECISIÓN DE 1ª INSTANCIA (1)

La juez de 1ª instancia hizo lugar a la pretensión del actor. Primero analizó la aplicación del amparo al proceso de hábeas data, la legitimación, tanto activa como pasiva y la competencia. No repetiremos aquí los fundamentos, que han sido prolijamente enunciados en la decisión, a la cual remitimos. En segundo lugar -y esto es lo importante-, el fallo hizo lugar a la demanda, reconoció la caducidad del dato basada en el “derecho al olvido” y la arbitrariedad de la negativa a suprimirlo.

Para así decidir la sentencia recurrió al Derecho Comparado, señalando que ciertos ordenamientos jurídicos -la legislación francesa y alemana-, establecen la eliminación del dato por el transcurso del tiempo o cuando ya no resulte indispensable para la finalidad para la cual fue recolectado.

Seguidamente se citaron las conclusiones de Jornadas y congresos e incluso de proyectos de reforma del Código Civil que se inclinan por aceptar la supresión del dato antiguo o caduco, al que se lo define como “aquel que por efecto del tiempo ha perdido virtualidad, ha devenido intrascendente a los efectos de cualquier efecto jurídico relativo a la ejecutabilidad”. La conservación indefinida de este dato caduco -siempre según la decisión de primera instancia-, impide el derecho al olvido, que da lugar al principio según el cual “ciertas informaciones deben ser eliminadas de los archivos transcurrido un determinado espacio de tiempo desde el momento en que acaeció el hecho a que se refieren, para evitar que el individuo quede prisionero de su pasado”.

Y aplicando lo expuesto al caso concreto razonó que “es innegable que en el caso el dato es caduco; si se piensa en términos de prescripción civil superaría el plazo de prescripción liberatoria…”. Se citó también el art. 51 CP.   - , que prohíbe informar la existencia de sentencias condenatorias penales pasado cierto tiempo. Así concluyó que la negativa a suprimir los datos sobre inhabilitaciones no vigentes a más de 10 años era arbitraria, ordenando la supresión en las bases de datos de la demandada de la información referente al actor. La decisión fue apelada por la vencida.

III. EL FALLO DE CÁMARA

La Cámara Civil (2) revocó lo decidido por la juez de 1ª instancia. No queda muy claro cuál fue el fundamento de la decisión, sobre todo porque el fallo no se refiere al “derecho al olvido” que había sido reconocido y tan bien fundado en la instancia anterior.

La alzada se basó en las siguientes premisas:

i) la acción de hábeas data es procedente siempre que de los registros surjan inexactitudes o que estos puedan provocarle cierta y determinada discriminación al actor.

ii) los datos cuestionados carecían de inexactitudes, porque contenían expresos agregados con asiento de las fechas en que las tres inhabilitaciones habían vencido. iii) la actora sostiene que la demandada publica datos relativos a su intimidad y con ello genera discriminación, pero no impugnó esos datos por inexactos.

iv) la actividad de la demandada no afecta el honor e intimidad ni resulta discriminatoria a la vida de relación del actor. La sala recuerda: a) la ausencia de reglamentación sobre la materia y b) que la información se orienta a actividades de índole estrictamente comercial y crediticia.

v) Por último, el fallo termina señalando que la entidad demandada es típicamente comercial a la luz del art. 8 CCom.   - y que guarda sus datos durante 10 años. Entonces la sala concluye que “…no es arbitrario o producto de un excesivo rigor informático, a raíz de concordar con la obligación mercantil derivada del art. 67 CCom.   - , según la cual es el período de conservación de los libros y documentación a su vez exigida por el art. 44 de ese cuerpo legal” (3).

IV. CONSIDERACIONES SOBRE LA CADUCIDAD DE DATOS PERSONALES ALMACENADOS EN REGISTROS INFORMATIZADOS

Personalmente no compartimos las conclusiones a las que arriba la alzada. Consideramos que la sentencia de primera instancia resolvió en forma razonable la cuestión acerca de si un particular puede solicitar la supresión de información sensible que por el transcurso del tiempo ha devenido obsoleta o caduca, esto es, ha perdido utilidad.

Reconocemos que el tema es complejo, pues plantea la posibilidad de aceptar en el hábeas data otros motivos distintos a la falsedad o discriminación, lo que a nuestro juicio debe tener respuesta afirmativa.

Para arribar a tal conclusión nos basamos en lo siguiente: en primer lugar, en nuestro sistema constitucional no existen derechos absolutos; por lo tanto no podría sostenerse válidamente que un recolector de datos pueda almacenar indefinidamente información sensible y como contrapartida que el registrado no pueda suprimirla pasado cierto tiempo. Asimismo, si bien el art. 43 sólo hace referencia a la falsedad o discriminación, es posible aceptar la caducidad como motivo para habilitar la vía del hábeas data, puesto que la difusión de datos caducos puede originar discriminación por parte de otros sujetos que reciban esos datos sensibles. Añadimos que con esa conducta se afecta el principio de finalidad.

Además, si el hábeas data protege los derechos a la intimidad y a la identidad, cabe recordar que la difusión injustificada de datos del pasado ha sido juzgada como afectación a estos derechos.

Por último, tanto los ordenamientos jurídicos extranjeros como los proyectos de reforma del Código Civil y de reglamentación del hábeas data receptan la caducidad del dato, lo que demuestra que la solución de primera instancia en modo alguno era antojadiza. Desarrollaremos estos argumentos seguidamente.

a) Reglamentación razonable del derecho a recolectar y difundir información nominativa

Sabido es que nuestra Constitución no reconoce derechos absolutos de propiedad y libertad, puesto que estos están sujetos a las leyes que reglamenten su ejercicio. De ahí que la Corte Suprema haya dicho que el ejercicio de las industrias y actividades de los particulares puede ser reglamentado en la proporción que lo requiera la defensa y el afianzamiento de la salud, la moral, el bienestar general y aún el interés económico de la comunidad (4). No cabe ninguna duda de que estas actividades pueden ser reglamentadas también en aras de preservar la intimidad de las personas registradas.

Si bien es lícito recolectar información crediticia a los fines de resguardar el crédito -lo que en definitiva beneficia a toda la comunidad-, ello no obsta a la posibilidad de hallar un límite a dicho almacenamiento. Por eso la analogía que realizó el fallo de 1ª instancia con las normas civiles y penales nos parece acertada. Las reglamentaciones de esas situaciones demuestran que en nuestro ordenamiento jurídico la imposición de límites temporales al ejercicio de derechos es constitucionalmente válida y forma parte, en definitiva, del balance de valores que encontramos en toda sociedad.

De esa forma se logra conciliar los derechos a trabajar y ejercer una industria lícita (art. 14 CN.   - ) -para el recolector de datos-, y el derecho a la intimidad en cabeza del registrado (art. 19   - y 43   - CN.) (5). Cierto es que esa limitación debería en principio provenir de la ley, pero nada impide que una sentencia judicial, a través de una interpretación como la que realizó la juez de 1ª instancia lo acepte.

A nuestro entender, el término de 10 años es razonable (art. 28 CN.   - ), pues (i) el plazo es más que suficiente para darle un valor útil a la información (6) y (ii) además no se coloca al recolector de información en una situación desigual frente al registrado si se le permite tener ese dato por un plazo determinado. A nuestro juicio se trata de la fijación de límites temporales para el ejercicio de un derecho que en forma alguna vulnera la igualdad constitucional (7).

b) La difusión de datos pasados puede lesionar el derecho a la privacidad

Si el hábeas data protege la intimidad (8) -y también la identidad (9)-, cabe recordar que cierta jurisprudencia ha reconocido como violación de ese derecho la revelación en forma innecesaria de hechos pasados que estaban olvidados.

Como ejemplo de ello señalamos el leading case estadounidense “Melvin v. Reid” (10). Allí, la actora, cuyo nombre original era Gabriel Darley, había ejercido la prostitución y había estado involucrada como imputada en un juicio por homicidio. Después de haber sido absuelta logró abandonar la vida licenciosa que llevaba, casarse con un hombre llamado Melvin y con éste comenzó a llevar una vida decente y respetable, entablando nuevas amistades con gente que desconocía su pasado. Siete años después se estrenó una película, The Red Kimono, donde se narraba la verdadera historia, con su nombre original, lo que reveló su pasado a sus actuales amistades y en definitiva terminó arruinando su vida. La actora accionó por invasión a la privacidad y el tribunal, basándose en una cláusula constitucional del estado de California que otorgaba a todos los hombres el derecho de “procurar y obtener la felicidad”, hizo lugar a la demanda.

El hecho en definitiva consistió en el uso sin autorización del anterior nombre de la actora para hacer una película sobre su vida pasada. El tribunal entendió que se estaba revelando un hecho que era verdadero, pero juzgó que el uso innecesario del nombre de la actora y la revelación de su pasado a sus nuevos amigos y asociados introdujo un elemento que en sí mismo era una transgresión a su derecho a la privacidad.

Es decir que se concluyó que el uso y difusión de un dato verdadero puede ser violatorio de la intimidad y reserva de un individuo, cuando éste tiene cierta antigüedad (11).

Análogamente, creemos que la difusión de la información de inhabilitaciones en cuentas corrientes bancarias con la antigüedad que presentaban en el caso, por más que se aclarara que estaban desactualizadas, era lesivo de la intimidad del accionante.

c) La caducidad del dato como motivo de procedencia del hábeas data

Es cierto que el art. 43 CN.   - permite el hábeas data sólo cuando exista falsedad o discriminación, y ésta fue la postura de la Cámara.

¿La caducidad del dato está contemplada en el texto constitucional? En principio, un dato, por su vejez podría crear discriminación, por ejemplo por impedir a una persona obtener algo que obtienen otros que están en la misma situación, como ser un crédito o una tarjeta de compras (casualmente ésto fue lo que se argumentó en el caso).

El hecho de que la Constitución nada diga sobre la caducidad del dato, no debe impedir pasar por alto el art. 33 CN.   - (cláusula de los derechos no enumerados) que permite incluir -aun después de la reforma de 1994-, a los derechos no enunciados explícitamente en el texto constitucional. Para ello recordamos que la Corte Nacional tiene dicho que:

“La Constitución, en su condición de instrumento de gobierno, debe analizarse como un conjunto armónico dentro del cual cada parte ha de interpretarse a la luz de las disposiciones de todas las demás” (12).

La doctrina, con anterioridad a la reforma de 1994, había sugerido apelar a la autointegración, es decir recurrir a las demás normas y principios constitucionales para hacer frente a los problemas que las nuevas tecnologías y en especial la informática causaban a la intimidad (13).

Sentado ello, vemos entonces como posible que si el hábeas data permite el control de los datos personales y la protección de la intimidad (14), ese derecho se ejerza suprimiendo información caduca, esto es, que ha perdido virtualidad por el transcurso del tiempo (arts. 19   - , 33   - y 43   - CN.).

Además, la doctrina ha aceptado la procedencia del hábeas data cancelatorio con fundamento en otros motivos. Así Ekmedkjian y Pizzolo (h.) lo aceptan contra los datos obsoletos o los que deban permanecer reservados (15). Para Gozaíni, la facultad de requerir la cancelación o la corrección de los datos inexactos otorga el denominado “derecho al olvido”, esto es, el principio a tenor del cual ciertas informaciones deben ser eliminadas de los archivos transcurrido un determinado espacio de tiempo desde el momento en que acaeció el hecho a que se refieren, para evitar que el individuo quede prisionero de su pasado (16). En igual sentido se han pronunciado la doctrina española (17), francesa (18) e italiana (19).

Por último, la situación podría encuadrarse asimismo dentro del abuso de derecho (art. 1071 CC.   - ) porque el recopilador de datos, al difundir un dato antiguo y que ha perdido utilidad, está ejerciendo abusivamente ese derecho a informar y trabajar en detrimento del derecho a la privacidad del registrado.

d) El principio de finalidad en la recolección de datos personales

También creemos que se afecta el principio de finalidad que debe existir en toda recolección de datos. Básicamente, este principio consiste en permitir la recolección de datos en ficheros automatizados siempre y cuando sean adecuados, pertinentes y no excesivos en relación con el ámbito y finalidades legítimas para los que hayan sido obtenidos (20).

Aunque este principio no tiene recepción específica en nuestro ordenamiento, está ampliamente contemplado en las legislaciones del derecho comparado (21) y también en los proyectos de reglamentación del hábeas data.

Y aplicando estos principios al caso concreto, si el dato tiene por finalidad saber quién está inhabilitado, vencida la inhabilitación, que tiene un plazo máximo de sesenta meses (Comunicación “A” 2329 – 21-IV-95 – OPASI-2 – RENOM-1, punto 1.8.), carecería de sentido seguir difundiendo el dato y por lo tanto su conservación devendría arbitraria, esto es sin derecho. ¿Qué sentido tiene saber que hace diez años una persona fue inhabilitada para operar en cuenta corriente bancaria, si desde hace otros tantos es un puntual cumplidor de sus obligaciones comerciales? Aquella inhabilitación no refleja sino un dato pasado que puede o no ser objetivo para determinar su solvencia o su comportamiento futuro.

Nos parece que el registro del dato es más grave aun cuando lo realiza una empresa privada destinada a proveer informes, pues sólo el Banco Central es el autorizado legalmente a poseer esta información, a los fines de que durante esa inhabilitación ninguna entidad financiera del país dé curso a las solicitudes de apertura de cuentas corrientes interpuestas por el inhabilitado (OPASI 2, pto. 1.8.3). Pero sucede en la práctica que eliminado el dato de la base de datos de cuentacorrentistas inhabilitados que posee el Banco Central, la difusión del mismo por parte de una entidad privada produce los mismos efectos que tiene cuando lo realiza la entidad rectora en materia financiera.

e) Existencia de discriminación

Dijimos también que la divulgación de datos caducos puede originar discriminación por parte de otros sujetos. En el caso que anotamos, el actor argumentaba que la difusión de datos por parte de la demandada le causaba un perjuicio en su esfera patrimonial, pues le dificultaba el acceso al crédito y a la posibilidad de tener una tarjeta de compras.

Y bien podría argumentarse que la existencia del dato caduco lo discriminaba en la medida en que no le permite obtener lo que otros obtienen estando en la misma situación. Es decir, que las entidades financieras le deniegan la posibilidad de abrir una cuenta u obtener una tarjeta de compras, mientras que otros sujetos que están en las mismas condiciones (vgr. personas cuya inhabilitación esté vencida pero no registrados) los pueden obtener.

Un primer problema estaría dado por la legitimación pasiva del reclamo, pues en este caso la discriminación no proviene de quien difunde el informe sino de quien lo recibe (el banco). Es decir, si bien la actividad de difundir datos caducos genera discriminación por parte de otras personas, ello no permite encontrar el motivo de procedencia de hábeas data contra el banco de datos.

Sin embargo, nos parece que por más que la discriminación no provenga del banco de datos demandado sino de la entidad financiera, el primero actúa como causa originaria de la misma, pues de no difundir el dato caduco, esta discriminación no existiría. Además, la conducta de proveer información antigua y que no refleja necesariamente el estado patrimonial del registrado, sino un mero dato histórico que pertenece a su intimidad constituye una conducta arbitraria que termina causándole una situación discriminatoria. Y esta discriminación no es sino una violación al principio de igualdad ante la ley (art. 16 CN.   - ).

Recordamos que en la tradicional jurisprudencia de la Corte Suprema de Justicia de la Nación el principio de igualdad consiste en que no se establezcan excepciones o privilegios que excluyan a unos de lo que se concede a otros en iguales circunstancias y que dicha garantía no se afecta en tanto las distinciones establecidas por el legislador no obedezcan a propósitos de injusta persecución o indebido privilegio, sino a una objetiva razón de diferenciación, aunque el fundamento sea opinable.

En el caso “Sejean”, la Corte dijo que se encuentra dentro del espíritu del art. 16 CN.   - y de las leyes dictadas en su ejercicio, “la reinserción en el cuerpo social de quienes han delinquido, y en general, el brindar aun a quienes son víctimas de sus propios desaciertos la posibilidad de recomponer su existencia” (22).

Quizás la alusión al art. 51 CP.   - que realizó la sentencia de grado sea un claro ejemplo de la existencia de discriminación cuando se trata de la caducidad de datos personales que pertenezcan al pasado. Este artículo establece que el registro de las sentencias condenatorias caducará a todos sus efectos (23) en los siguientes plazos: a) si la sentencia es de carácter condicional, a los diez años del dictado de la misma, b) si la condena es privativa de la libertad de cumplimiento efectivo, la caducidad se produce una vez transcurridos diez años a partir de la extinción de la pena impuesta y c) en los casos de condenas a pena de multa o inhabilitación, la caducidad del registro de la sentencia respectiva se produce una vez transcurridos cinco años de la extinción de la multa o inhabilitación impuestas.

Este artículo fue introducido al Código Penal en 1984 por la ley 23057   - (LA 1984-A-24). El mensaje del Poder Ejecutivo del 13/12/83 decía que introducía un texto:

“Destinado a evitar uno de los males característicos de nuestra vida jurídica en los últimos años: el etiquetamiento de las personas”.

Y agregaba:

“No se prohíbe la existencia de registros, que además de ilusoria puede resultar perjudicial (por ejemplo: registros policiales de modus operandi), pero se prohíbe que, cuando esos asientos dejen de ser legalmente útiles, se informe en base a ellos” (24).

El diputado Lorenzo H. Cortese, por su parte, sostuvo: “Hasta ahora, quien tenía la desgracia de delinquir una vez en su vida quedaba con un estigma que lo perseguía para siempre. De aquí en más tendrá ese hombre la posibilidad de evitar el etiquetamiento por una circunstancia adversa, muchas veces no querida o motivada por factores de esta sociedad, que tiene muchos defectos que debemos reparar. De manera que cuando transcurran los términos que marca la nueva legislación -es decir, diez años a partir del cumplimiento de la pena-, ese antecedente ya no podrá ser informado por ningún instituto que lo tenga registrado” (25).

El senador Felipe Celli, remarcó que las informaciones, para evitar el etiquetamiento, no deben proporcionarse cuando han dejado de ser útiles. Añadiendo textualmente:

“Por otra parte, en un Derecho penal moderno basado en el estado de Derecho, no puede decirse que la pena acompañará al delincuente durante toda su vida, porque ello implicaría establecer que existen ciudadanos de segunda clase. Ya demasiado lo castiga la sociedad cuando lo marca y margina, impidiéndole reingresar a la vida libre con las mejores posibilidades para no delinquir y en igualdad de condiciones con las demás personas. Este es, en síntesis, el objetivo que persigue este art. 51″.

Es evidente cuál es el espíritu del art. 51 CP.   - : evitar la estigmatización de quien delinquió, considerando que, luego de un plazo, cabe liberarlo de su historia criminal, mediante la caducidad de los registros respectivos (26). Análogamente, en el caso que comentamos, la caducidad de los datos dispuesta por la juez de 1ª instancia tenía el mismo fundamento: evitar la estigmatización del ciudadano frente al manejo que de sus datos se realizan, más cuando el tiempo transcurrido es más que razonable para restarle validez o utilidad al dato.

f) Proyectos de reforma y reglamentación del hábeas data

En nuestro país, el Proyecto de reformas del Código Civil redactado por la Comisión del Ministerio de Justicia estableció la posibilidad de cancelar los datos caducos -aunque no los definía-, y exigir su utilización conforme a la finalidad para la que fueron recogidos (art. 114 del proyecto) (27).

También los actuales proyectos de reglamentación de la garantía del art. 43 CN.   - establecen un límite temporal para el almacenamiento de información crediticia.

Por ejemplo el proyecto presentado por el senador Eduardo Menem (28) establece en el inc. 4 art. 25, bajo el título “Prestación de servicios de información crediticia” que “sólo se podrán archivar, registrar o ceder los datos de carácter personal que sean significativos para evaluar la solvencia económico- financiera de los afectados durante los últimos diez años”.

El Proyecto, aprobado por la Cámara de Diputados y elevado al Senado de la Nación el 5/6/96, al regular la prestación de servicios sobre solvencia patrimonial y crédito establece en el art. 32 inc. 4 que “sólo se podrá tratar datos de carácter personal que sean determinantes para evaluar y apreciar la solvencia patrimonial y el crédito de su titular con una antigüedad no mayor de cinco años”.

Por último, el Proyecto de Ley de Hábeas data del diputado César Arias (29) – siguiendo a la legislación española-, establece en su art. 25 inc. 3 que los registros de titularidad privada “sólo podrán archivar registros o ceder los datos de carácter personal que sean determinantes para enjuiciar la solvencia económica de los afectados, cuando sean adversos y no se refieran a más de seis años”.

g) Derecho comparado

Dijimos que también el derecho comparado presenta legislaciones que se inclinan por aceptar una limitación temporal al almacenamiento de informes comerciales.

Así, la ley francesa (30) -una de las más antiguas en la materia-, establece en su art. 36 que el registrado podrá exigir que sean rectificadas, completadas, clarificadas, actualizadas o borradas las informaciones que le conciernen que sean inexactas, incompletas, erradas o perimidas o cuya recolección o uso, comunicación o conservación esté prohibida (31).

España también reglamentó el art. 18 de su Constitución mediante la Ley Orgánica 5/1992 del 29 de octubre de “regulación del tratamiento automatizado de los datos de carácter personal”. En su art. 28 inc. 3 establece que “sólo se podrán registrar y ceder los datos de carácter personal que sean determinantes para enjuiciar la solvencia económica de los afectados y que no se refieran, cuando sean adversos, a más de seis años”.

En Noruega el art. 15 ley 48   - sobre registro de datos personales establece que “toda empresa de información crediticia se asegurará de que los datos utilizados para información crediticia sean completos en la medida de lo posible y de que no se utilicen datos susceptibles de inducir a una actitud injustificada o indebidamente negativa frente a la persona a la que se refieran. Los datos que al finalizar el año natural tengan una antigüedad de tres o más años, sólo se podrán utilizar si fuere manifiesto que continúan siendo de significación sustancial para una apreciación correcta de la persona a que se refieran”.

En los Estados Unidos, la regulación de datos personales se halla normada por gran cantidad de leyes públicas y privadas. Una ley especial fue sancionada en 1970 para establecer el marco legal de las empresas proveedoras de informes comerciales, denominada Fair Credit Reporting Act (FCRA) (32). La ley entre otros aspectos de interés prohíbe a las agencias de información crediticias “proveer información adversa que tenga más de siete años de antigüedad” (cuando se trate de datos relativos a juicios, sentencias, deudas fiscales, registros de arrestos o antecedentes penales e información adversa en general) y de más de diez años cuando se trate de procesos relativos a quiebras o casos del Capítulo XI (Chapter 11) (33) de la Bankruptcy Act.

V. CONCLUSIÓN

El tema que abordamos en esta nota demuestra que existen aún muchas cuestiones por solucionar respecto del hábeas data y la regulación de la información económica y financiera. El fallo comentado muestra que en la materia existe un gran vacío legislativo y judicial que reclama una reglamentación urgente.

Una interpretación que se atenga a la lectura literal del art. 43 de la Constitución   - , dirá que el hábeas data sólo procede frente a la existencia de falsedad o discriminación. La respuesta adecuada a esa objeción pasa necesariamente por una valoración constitucional previa (34).

Esa valoración previa debe pasar por considerar que el hábeas data -como garantía constitucional-, es una nueva forma de garantizar al ciudadano de una sociedad cada vez más informatizada el pleno ejercicio de sus derechos fundamentales. Por ello, la misma deber ser interpretada en consonancia con el tiempo y la realidad actuales. En una sociedad de la información como la que vivimos, debemos tomar conciencia de que el hábeas data está destinado a evitar los peligros que el manejo irregular de la información puede generar.

En síntesis, nuestras conclusiones son las siguientes:

1. De lege lata consideramos que una interpretación constitucional conduce a aceptar la posibilidad de que un particular pueda solicitar la supresión de información que por el transcurso del tiempo ha perdido virtualidad. El fundamento de ello quedó plasmado en la resolución de primera instancia que motivó este comentario.

2. De lege ferenda, nos parece que la ley reglamentaria que se sancione debería contemplar un límite temporal para los recolectores de datos (35).

NOTAS

(1) Juzg. Nac. Civil, n. 91, 5/3/96 – “FF., E. P. v. Organización Veraz S.A. s/amparo sumarísimo”.

(2) C. Nac. Civ., sala G, 10/5/96 – “FF., E. P. v. Organización Veraz S.A. s/amparo sumarísimo” [J C.971066].

(3) Pareciera entonces que para la Cámara tiene la misma naturaleza la información crediticia almacenada en los registros de la demandada y los libros de comercio y documentación contable que una empresa comercial debe llevar por imperativo legal. La confusión entre uno y otro concepto es sorprendente. Poco y nada tiene que ver la obligación que pesa sobre un comerciante de llevar sus libros en forma legal con el plazo que la demandada sostuvo que conservaba la información. Lo increíble es que de esta confusión la Cámara concluye que no es arbitrario o producto de un “excesivo rigor informático” el almacenamiento de datos que realiza la demandada.

(4) Ver por ejemplo los casos de Fallos 199-466 y 483 (JA 1944-III-793) y 200- 450 (JA 1945-I-633).

(5) La doctrina se pronuncia favorablemente respecto de este equilibrio. Ver entre otros Velázquez, Rafael B., “Protección jurídica de datos personales automatizados”, Ed. Colex, Madrid, 1993, p. 72.

(6) Téngase en cuenta que además estas sanciones no pueden durar más de 60 meses, como lo establece la Comunicación “A” 2329 – 21-IV-95 – OPASI-2 – RENOM- 1, punto 1.8. Lo mismo sucede, por ejemplo, con la inhabilitación en la quiebra, que a partir de la ley 2propecia buy2   - cesa de pleno derecho al año de la fecha de sentencia de quiebra, o de la que fuere fijada como cesación de pagos (art. 236). Informar este dato como actual con posterioridad a la rehabilitación equivaldría en principio a proveer información inexacta o desactualizada. Sin embargo nos parece que el límite para dar información debería consistir en un plazo uniforme para cualquier clase de datos, y no en función del plazo de prescripción que existe en cada caso concreto.

(7) Nótese que el art. 28 CN.   - , si bien permite regular los derechos constitucionales, también establece su inalterabilidad, al requerir que su reglamentación lo sea mediante leyes razonables. Así, mientras que nos parece que no podría prohibirse en forma absoluta al recolector de datos juntar información sobre los individuos, sí parece constitucionalmente razonable establecer un límite al ejercicio de tal derecho.

(8) Bidart Campos, Germán, “La informática y el derecho de la intimidad”, ED 107-921; Bergel, Salvador D., “El hábeas data: instrumento protector de la privacidad”, en Rev. del Derecho Privado y Comunitario n. 7, p. 211; Rubinzal Culzoni; Miguel A. Ekmekdjian, “La garantía del hábeas data en el Proyecto de Ley de Unificación de la Legislación Civil y Comercial”, en Rev. Jurídica de Buenos Aires, 1989-II-III, p. 72 y también en “El hábeas data en la reforma constitucional”, en LL 1995-E-946; Sagüés, Néstor, “Elementos de Derecho Constitucional”, Ed. Astrea, Bs. As., 1993, t. II, p. 86, y más recientemente en su artículo “Amparo, hábeas data y hábeas corpus en la reforma constitucional” en LL 1994-D-1151; Bianchi, Alberto, “Hábeas data y derecho a la privacidad”, en ED 161-866; Colautti, Carlos E., “Reflexiones preliminares sobre el hábeas data”, en LL 1996-C-917; Bazán, Víctor, “El hábeas data después de la reforma constitucional”, ED 163-825 y Bekerman, Jorge, “La protección del dato personal y los bancos de datos -en especial informatizados- con fines crediticios”, LL 1994-A-667.

(9) Entre los autores que lo identifican con el derecho a la identidad ver Rivera, Julio C., “Instituciones del Derecho Civil”, Ed. Abeledo-Perrot, Bs. As., 1993, ns. 775 y 785, ps. 99 y 116 y la opinión del citado autor en la mesa redonda sobre el tema “Impacto de la Reforma Constitucional en la actividad empresaria”, 25/10/94, Universidad Argentina de la Empresa. También Pucinelli, Oscar R., “La garantía del hábeas data: perspectiva comparatista” en Boletín Informativo de la Asociación Argentina de Derecho Constitucional”, año XI, n. 114, octubre de 1995, p. 4; Guastavino, Elías P., “Responsabilidad Civil y otros problemas jurídicos en computación”, Ed. La Rocca, Bs. As., 1987, p. 136 y Cifuentes, Santos, “La preservación de la privacidad frente al desafío tecnológico”, en Primer Seminario sobre Protección de Datos y Acceso a la información, p. 35, Secretaría de Ciencia y Tecnología, Subsecretaría de Informática y Desarrollo, 1995.

(10) 112 Cal. App. 285, 297 Pac. 91 (1931).

(11) Para un análisis de la jurisprudencia relativa a la revelación o publicación de hechos privados ver el trabajo de William L. Prosser, “Privacy”, publicado en California Law Review, vol. 48, n. 3, agosto de 1960. Pese a la fecha en que fue escrito, la clasificación que realizó Prosser de las formas de transgresión al derecho a la privacidad aún sigue teniendo vigencia en el derecho norteamericano.

(12) Fallos 167-221; 190-571; 194-371; 240-319; 304-1186.

(13) Sagüés, Néstor P., “Elementos de Derecho Constitucional”, Ed. Astrea, Bs. As., 1993, t. II, p. 87.

(14) Corte Suprema, sentencia del 13/2/96, “Dirección General Impositiva v. Colegio Público de Abogados de la Capital Federal”, JA 1996-II-295   - . Allí el tribunal señaló que “en la era de las computadoras el derecho a la intimidad ya no puede reducirse a excluir a los terceros de la zona de reserva, sino que se traduce en la facultad del sujeto de controlar la información personal que de él figura en los registros, archivos y bancos de datos”.

(15) Ekmedkjian, Miguel y Pizzollo (h.), Calogero, “Hábeas data. El derecho a la intimidad frente a la revolución informática”, Ed. Depalma, Bs. As., 1995, p. 100.

(16) Gozaíni, Osvaldo A., “El Derecho de Amparo. Los nuevos derechos y garantías del art. 43 de la Constitución Nacional   - “, Ed. Depalma, Bs. As., 1995, p. 186; en igual sentido Sabsay, Daniel A. y Onaindía, José M., “La Constitución de los argentinos”, Ed. Errepar, 1994, p. 152/59.

(17) Orti Vallejo, Antonio, “Derecho a la intimidad e informática. (Tutela de la persona por el uso de ficheros y tratamientos informáticos de datos personales. Particular atención a los ficheros de titularidad privada)”, Ed. Comares, Granada, ps. 149/154 y Pérez Luño, Antonio E., “Derechos Humanos. Estado de Derecho y Constitución”, Ed. Tecnos, Madrid, 1984, p. 370.

(18) Kayser, Pierre, “La protection de la vie privée”, Ed. Económica y Presses Univ. d’Aix-Marseille, París y Aix-en-Provence, 1984, p. 130. El autor, refiriéndose a personas que han tenido un pasado negativo, sostiene que estas tienen un “derecho al olvido”, un derecho indispensable para que la carga de su pasado no las aplaste, haciéndolas perder el sentimiento de su libertad y les impida renovar o rehacer su personalidad.

(19) Vittorio Frosini, “Il Diritto nella Societá Tenologica”, Ed. Giuffré, Milano, 1981, p. 9.

(20) Davara Rodríguez, Miguel A., “Derecho Informático”, Ed. Aranzandi, Navarra, 1993, p. 72.

(21) Véase por ej. en España (art. 4 ley orgánica 1/1992 del 29/10/92); Irlanda (art. 2 ley de protección de datos de 1988); Gran Bretaña (Principios ns. 2 y 4 referenciados en el art. 2 ap. 1 Ley de protección de datos de 1984, Anexo, Parte I) y art. 5 del Convenio para la Protección de las Personas con respecto al tratamiento automatizado de datos de carácter personal hecho en Estrasburgo el 28/1/81.

(22) Corte Sup., 27/11/86, “Sejean, Juan B. v. Zaks de Sejean, Ana M. s/inconstitucionalidad del art. 64 ley 2393<HD+>   - <HD->” (ALJA [1853-1958] 1-151) (Fallos 308-2286, consid. 13 del voto del Dr. Fayt, p. 2291); JA 1986-IV-587, (consid. 13 en p. 590).

(23) Entiende Núñez que esto prácticamente equivale a la inexistencia de lo registrado (Núñez, Ricardo C., “Las disposiciones generales del Código Penal”, p. 232, comentario al art. 51, Ed. Marcos Lerner, Córdoba, 1988).

(24) Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, 12/1/84, p. 628.

(25) Diario de Sesiones, cit. 12/12/84, p. 681.

(26) Ledesma, Guillermo A. C., “Un caso de caducidad registral y de aplicación inmediata de reglas de conducta al condenado condicionalmente (arts. 51   - y 27 bis   - CP.)”, en JA 1995-IV-476.

(27) Nos referimos a la Comisión creada por el decreto 468/92   - e integrada por los Dres. Augusto C. Belluscio, Salvador Darío Bergel, Aída Kemelmajer de Carlucci, Sergio Le Pera, Julio César Rivera, Federico Videla Escalada y Eduardo A. Zannoni. Ver “Reformas al Código Civil. Proyecto y Notas de la Comisión designada por decreto 468/92   - “, Ed. Astrea, Bs. As., 1993, p. 30.

(28) Cfr. Senado de la Nación, Secretaría Parlamentaria, Diario de Asuntos entrados, año XII, n. 10, 13/3/96, p. 156.

(29) Proyecto de Ley de hábeas data presentado por el diputado de la Nación Dr. César Arias, ingresado el 26/6/95.

(30) Ley 78-17, del 6/1/78, sobre informática, ficheros y libertades, publicada en el Boletín Oficial de la República Francesa el 7/1/78, ps. 227/231.

(31) El artículo en su idioma original dice así: “Le titulaire de droit d’acces peut exiger que soient rectifiées, complétés, clarifiées, mises á jour ou effancées les informations le concernant qui soient inexactes, incompletes, équivoques, périmées ou dont la collecte, ou l’utilisation, la communication ou la conservation est interdite…”

(32) 15 U.S.C. n. 1681ff.

(33) Peter B. Maggs, John T. Soma y James A. Sprowl, “Computer Law. Cases. Comments. Questions”, Westpublishing, St. Paul, Minn., 1992, p. 500 y ss.

(34) Laurence Tribe, en su obra “Constitutional Choices”, Harvard University Press, 1985, centra su análisis sobre el alcance de diversos derechos y garantías constitucionales, justamente a partir de las opciones que se le presentan al intérprete en función de una elección previa del tipo de sociedad que se desea, y de los límites que se le marquen al gobierno y a los terceros que habrán de regirla.

(35) Insistimos en que si por vía legislativa se prohíbe a las agencias de informes distribuir datos de una antigüedad determinada no se avasalla ninguno de sus derechos ni se las pone en desigualdad con los registrados sino que se reglamenta en forma razonable una actividad que es beneficiosa para toda la comunidad en cuanto brinda transparencia y seguridad al mercado financiero previniendo préstamos a personas insolventes, al permitir recopilar esa información y difundirla durante un tiempo razonablemente útil.

Tribunal:            C. Nac. Civ.,  sala G

Fecha:            10/05/1996

Partes:            FF., Esteban P. v. Organización Veraz S.A.

Publicado:            JA 1997-I-26.

AMPARO – Hábeas data – Caducidad de los datos almacenados – Procedimiento – Competencia

Ver nota de PABLO A. PALAZZI al final

1ª INSTANCIA.- Buenos Aires, marzo 5 de 1996.

I. Plataforma fáctica

El Sr. Esteban P. FF. fue inhabilitado para operar en cuentas corrientes por el Banco Central de la República Argentina, en las siguientes fechas:

- abril 1984 a pedido del Bank of América

- mayo de 1985 a pedido del Banco del Suquía

- enero de 1986 a pedido del Banco do Brasil.

Esta información consta en la base de datos de Organización Veraz S.A., quien la suministra a sus clientes.

Ante la existencia de registros sobre sus inhabilitaciones para operar en cuentas corrientes, en la base de datos de Organización Veraz S.A., el Sr. FF. acciona por amparo para que estos datos sean suprimidos, en razón de que ellos están caducos por el largo transcurso del tiempo entre que las inhabilitaciones se produjeron y la actualidad, en que se sigue brindando tal información. El accionante manifiesta que el suministro de esta antigua información le produce daño en su esfera patrimonial, porque le disminuye o dificulta el acceso al crédito y al uso de tarjeta de crédito.

La empresa demandada plantea la incompetencia en razón de la materia y señala que normalmente “los datos de los hechos o actos registrados de la persona física o ideal los dan de baja a los 10 años de vencido el plazo de vigencia de cada uno de ellos”. No obstante lo cual se niega a suprimir de sus registros los datos sobre “la inhabilitación vencida” del actor señalando que: a) La inhabilitación existió, por lo cual la información es veraz. b) Que su parte informa que la inhabilitación está vencida, por lo cual la información no está caduca.

Para determinar si corresponde hacer lugar a la demanda hay que examinar:

a) Si el hábeas data procede por la vía del amparo.

b) Si el actor y el demandado están legitimados activa y pasivamente para el ejercicio del hábeas data.

c) Si este tribunal es competente.

d) Si corresponde ordenar la supresión de los datos del actor suministrados por la demandada en razón de su caducidad. Para lo cual he de analizar:

- Caducidad del dato

- Derecho al olvido

- Arbitrariedad de la negativa a la supresión.

II. Amparo

No hay discusión entre las partes en cuanto a la aplicación directamente operativa, mediante el amparo, del hábeas data previsto en la Constitución Nacional (1), aun cuando éste no se encuentra reglamentado. Lo que no exime al tribunal de tratar el tema atento a los principios en juego, lo que conllevaría a su rechazo aún de oficio de no ser directamente operativo.

Por mi parte coincido con la postura de las partes y destaco que en esta línea se encuentran todos los autores que han estudiado el tema, lo que me exime, en honor a la brevedad, de ampliar su desarrollo y tratamiento (conf. Adolfo Rivas en “El amparo y la nueva Constitución de la República Argentina”, LL 1994-E- 1330; Jorge Vanossi, “El hábeas data no puede ni debe contraponerse a la libertad de los medios de prensa”, en ED 159-948; Alberto Bianchi, “Hábeas data y Derecho a la privacidad”, ED 161-866; Néstor P. Sagüés, “Amparo, Hábeas data y Hábeas corpus en la reforma constitucional”, LL 1994-D-1151; Salvador D. Bergel, “El Hábeas data: instrumento protector de la intimidad”, en Rev. de Derecho Privado y Comunitario n. 7, p. 215; Bidart Campos, Germán, “Tratado elemental de Derecho Constitucional Argentino”, t. VI, La reforma constitucional de 1994, Ediar, 1994, p. 321; Puccinelli, Raúl O., “Hábeas data: aportes para una eventual reglamentación”, ED 161-913; Gozaíni, Osvaldo A., “El derecho de amparo”, Ed. Depalma, Bs. As., agosto de 1995, p. 153 y ss.; Quiroga Lavié, Humberto, “El Amparo, el Hábeas data y el Hábeas corpus en la reforma de la Constitución Nacional”, en “La reforma de la Constitución Nacional”, Rubinzal Culzoni Editores, Santa Fe, p. 163; Dromi, Roberto y Menem, Eduardo, “La Constitución reformada. Comentada, interpretada y concordada”, Ediciones Ciudad Argentina, 1994, p. 168).

Por lo demás, esta interpretación surge de la ubicación del instituto en el art. 43 del texto Constitucional   - , cuyos tres primeros párrafos hacen referencia al amparo. Es así como nuestros constituyentes de 1994 elevaron el amparo a una categoría principal, directa, justiciable y sin restricciones, instalado en el ámbito de las garantías y legitimaciones extraordinarias, en protección a los derechos constitucionales. Es decir que el amparo es directo en cuanto su ejercicio es alternativa principal, no subordinado a ningún otro procedimiento administrativo o judicial cuando se hallan en juego la amenaza o menoscabo de derechos esenciales reconocidos por la Constitución Nacional.

Por otra parte es doctrina de la Corte Suprema inclinarse a interpretaciones procesales que favorezcan y no que dificulten los fines perseguidos por la Constitución Nacional (conf. Corte Sup., “Antorcha, Cía. Argentina de Seguros y otras”, sentencia del 14/12/93).

Es preciso tener presente que el citado art. 43 CN.   - consagra lisa y llanamente una acción expedita, término que significa que la garantía en cuestión obrará sin impedimento ni otros condicionamientos que no sean los que establece el propio ordenamiento constitucional (conf. Rivas, Adolfo A., “El amparo y la nueva Constitución de la República Argentina”, LL 1994-E-1334), de tal suerte que queda dicho y con particular referencia a la pretensión aquí intentada, que el hábeas data no es sino una subespecie de la acción de amparo específico que, como fuera señalado, encuentra su marco formal en las previsiones de la ley 16986   - (2) (conf. autor y ob. cit., p. 1335).

Además ello, surge de la exposición de los hechos:

i) Que no existen recursos o remedios judiciales o administrativos que permitan dar eficacia a la garantía consagrada por el art. 43 CN.   - , debiéndose interpretar asimismo que la redacción del art. 43 en la nueva Constitución Nacional   - permite la interposición directa de la vía del amparo.

ii) Que el acto impugnado o la información suministrada no emana del Poder Judicial ni ha sido adoptada por aplicación de la ley 16970<HD+>   - <HD->.

iii) Que la intervención requerida en autos, al encaminarse pura y exclusivamente a la supresión de información relativa al amparista, archivada en registros o bancos de datos, no puede comprometer directa o indirectamente la regularidad, continuidad o eficacia de la prestación de algún servicio público o el desenvolvimiento de actividades esenciales.

iv) Que los datos o informaciones obrantes en los registros o bancos de datos en la entidad demandada, no requieren debate alguno ni amplitud de prueba.

v) Que los datos cuya supresión se requiere no se encuentran vigentes. Y se corresponden con inhabilitaciones vencidas que el demandado se niega a suprimir de sus registros.

Por todas las argumentaciones vertidas, la vía de la acción de amparo elegida, es procesalmente procedente.

No puede obstar a la procedencia de esta vía constitucional el hecho de que la misma no haya sido aún reglamentada. Tal fue el criterio que emana de los casos “Siri” y “Kot” de 1957 y 1958 respectivamente, donde la Corte Suprema creó pretorianamente la acción de amparo. Los constituyentes de 1994 incorporaron en la Constitución Nacional al amparo como herramienta de protección de los derechos y garantías constitucionales.

III. Legitimación activa y pasiva

El art. 43 CN.   - dice “toda persona…”.

Por lo tanto, el accionante posee legitimación activa para accionar.

La presente acción de hábeas data se ejerce contra Organización Veraz S.A. por ser ésta la titular de los registros donde se suministran los datos cuya supresión se persigue.

El texto constitucional, cuando habla de registros privados, los restringe a aquéllos “destinados a proveer informes”. Veraz S.A. es uno de ellos, puesto que la información que posee en sus registros (i) ha trascendido a terceros, como lo prueban sus dichos y el resumen que se agrega a f. 1; (ii) es fuente de información comercial y bancaria en el medio en que se desempeña la actora, según surge del informe que en copia encabeza el expediente.

Con lo cual, la demandada está legitimada pasivamente.

IV. Competencia

En razón de la materia.

Ha dicho la jurisprudencia sobre la competencia del hábeas data que “si la acción de hábeas data se relaciona con situaciones reguladas por el derecho privado y el registro o base de datos pertenece a un particular, corresponde que la jurisdicción ordinaria sea la competente para juzgar el tema” (C. Cont.-Adm. Córdoba, sala 1ª, 29/3/95, “García de Llanos s/hábeas data”, LL 1995-C-948).

La competencia ordinaria, por tratarse de un particular que ve lesionado su derecho a la intimidad, es la civil.

Es que la determinación de la competencia reconoce su sustento en la naturaleza de la pretensión incoada, no en el contenido contradictorio de la postura del demandado (C. Nac. Esp. Civ. y Com., sala 6ª, 23/9/76, ED II-153, n. 8; Fassi- Yáñez, “Código Procesal “, t. 1, p. 18).

V. Hábeas data

La reforma constitucional que entró en vigencia en 1994 introdujo entre las novedades referentes a la defensa de los derechos y garantías constitucionales, en forma expresa, las acciones de hábeas corpus y amparo, que ya tenían consagración legal y jurisprudencial y, además amplió la acción de amparo de todas las constancias y datos que consten en registros y bancos de datos de organismos públicos e, inclusive, privados, cuando se dedicasen a proveer informes.

Esta acción de amparo específica, comúnmente denominada hábeas data, se encuentra consagrada en el art. 43   - párr. 3º de la nueva Constitución de 1994 que dice:

“Toda persona podrá interponer esta acción para tomar conocimiento de los datos a ella referidos y de su finalidad, que consten en registros y bancos de datos públicos, o los privados destinados a proveer informes; y en caso de falsedad o discriminación, para exigir la supresión, rectificación, confidencialidad o actualización de aquellos. No podrá afectarse el secreto de las fuentes de información periodísticas”.

Los derechos que surgen de la norma transcripta son, según la doctrina especializada en el tema: a) el derecho de acceso a la información; b) el derecho de actualización; c) el derecho de rectificación o cancelación; d) el derecho de inserción.

Lo que se pretende en el presente es la cancelación del dato en razón de encontrarse caduco.

La caducidad del dato como motivo de la cancelación está expresamente prevista en el art. 36 de la ley francesa del 6/1/78 relativa a la informática, que establece que el titular del derecho de acceso puede exigir que las informaciones que le afecten y fueran inciertas, incompletas, equívocas o “caducas” o cuya colecta, utilización o comunicación estuviese prohibida, sean rectificadas, completadas, aclaradas, actualizadas o “canceladas”.

Considero válido en la fundamentación de esta sentencia hacer referencias a doctrina y jurisprudencia extranjera de países del mismo sistema jurídico que el nuestro, máxime en un supuesto como éste en que no existe reglamentación del hábeas data, ya que el derecho comparado es una disciplina auxiliar del derecho nacional positivo y fuente material de derecho, al cual pueden recurrir en algunos casos los jueces para resolver los conflictos que se le plantean; asimismo contribuye a reforzar las soluciones dadas por nuestras leyes, permitiendo estudiar el valor a dar al hábeas data, en un contexto más amplio.

Al abordar la resolución del presente hábeas data no busco dimensiones utópicas, como pretender descubrir la existencia de un derecho universal en esta materia; por el contrario, incorporo al conocimiento integral y sistemático del fenómeno jurídico de las bases de datos informatizadas, otras soluciones dadas en países que -como el nuestro- pertenecen a la familia romano-germánica, lo que permite una comprensión mayor del problema.

Como bien señala el constitucionalista Vanossi, el recurrir al derecho comparado no es una mera jactancia de erudición o de conocimiento de otra lengua sino que es un método eficaz que ayuda a una mejor comprensión del derecho patrio (Vanossi, Jorge R., “¿Existe un derecho constitucional comparado?”).

Es que “pretender encerrar la ciencia jurídica dentro de las fronteras de un Estado y querer exponerla o perfeccionarla sin tomar en cuenta la teoría y la práctica extranjera no significa otra cosa que limitar las potencialidades del jurista para el conocimiento y la acción. El nacionalismo jurídico es más bien provincialismo, inconciliable con el auténtico espíritu científico, y representa un empobrecimiento y un peligro para la aplicación del derecho nacional” (Jauffret Spinosi, Camille-Rene, David, “Les gransds systèmes de droit contemporains”, p. 9).

La propia Corte Suprema de Justicia de la Nación ha realizado una recepción del derecho extranjero para fortalecer la interpretación de la ley en el fallo del 22/11/94 caratulado “Manauta, Juan J. y otros v. Embajada de la federación rusa s/daños y perjuicios”, ED 162-88, con nota de Ramayo, Alberto, “El derecho extranjero como argumento”, en ED 162-1182.

Es por ello que considero útil recordar lo ya dicho relativo a la legislación francesa, como así también lo expuesto en el art. 14 inc. 3 ley alemana federal de protección de datos del 6/1/78, que dispone que los datos de índole personal deben ser destruidos cuando su almacenamiento fuera ilícito o cuando lo pida el interesado en los casos en que su conocimiento ya no resulte indispensable para el ente almacenador con vistas al desempeño conforme al derecho de las funciones de su competencia.

Siguiendo la línea legislativa francesa y alemana entiendo que el sujeto afectado tiene el derecho a lograr la supresión del dato obrante en un registro informatizado, cuando el dato sea impertinente para la finalidad perseguida por la base de datos o en el supuesto en que en función del transcurso del tiempo no resulte necesario mantener el dato en el registro (conf. Bergel, ob. cit., p. 209).

En el caso traído a resolutivo entiendo que en virtud del tiempo transcurrido los datos sobre inhabilitaciones para operar en cuenta corriente, producidos hace más de diez años, se encuentran caducos y el accionante tiene derecho a obtener su cancelación.

En sentido similar al que señalamos se expidió por unanimidad en el primer “Congreso Internacional de Derecho de Daños” en homenaje al Prof. Dr. Jorge Mosset Iturraspe, la Comisión sobre la Intromisión a la Intimidad y los medios masivos de comunicación, señalando entre los Modos de intromisión a la intimidad a través de la informática:

… 2.4 La subsistencia del dato caduco en la base de datos.

Por otra parte, en el mismo Congreso se destacó también por unanimidad que toda “Intromisión se presume ilegítima siempre que no medie una causa de justificación”.

De acuerdo a estas conclusiones (que en su oportunidad suscribí) debo afirmar que es ilícita la subsistencia del dato caduco en la base de datos de la demandada, ya que no media consentimiento del interesado ni existe un interés público prevaleciente.

En igual corriente se expidieron por unanimidad los miembros de la comisión sobre “Responsabilidad Civil por ilicitudes informáticas en el procesamiento de datos personales” en las Jornadas en Homenaje al profesor Jorge Bustamante Alsina, Bs. As., U.M.S.A., 1990, señalando que:

“1. La potencialidad dañosa del procesamiento de datos personales adquiere especial virtualidad en el daño ocasionado a la persona.

2. Los riesgos probables son: “c) Conservación indefinida de los datos obtenidos impidiendo el derecho al olvido”.

Aplicando estas conclusiones en este litigio se deduce que la subsistencia del dato caduco indefinidamente en la base de datos de la demandada impide el derecho al olvido.

Los proyectos de reforma al Código Civil realizados en los últimos años también han tratado el tema sujeto a resolución, en sentido similar a la legislación antes citada y teniendo en consideración las conclusiones de Jornadas y Congresos. Así el proyecto de Código Civil elaborado por la Comisión Especial de Unificación Legislativa designada por decreto 468/92   - estableció en sus arts. 113 y 114 lo siguiente:

Art. 113: “No es admitida la acumulación de información nominativa en registros informatizados, salvo consentimiento expreso del interesado o autorización legal previa”.

Art. 114: “La acumulación de datos nominativos en registros informatizados debe hacerse respetando el derecho del sujeto a verificar la amplitud y tenor de los recogidos, el de exigir y lograr la corrección y actualización de ellos, incluyendo la cancelación de los datos caducos, y su utilización conforme a la finalidad para la que fueron recogidos. Los datos nominativos no pueden ser hechos conocer a terceros sin conformidad expresa del interesado o disposición legal que lo autorice.

Hasta acá he señalado que los datos en cuestión están caducos y que de esta manera se vulnera el derecho a la intimidad, impidiéndose el derecho al olvido, con una conducta que ha de estimarse ilícita por carecer del consentimiento del afectado y de un interés público superior que la avale. Réstame señalar que la negativa a la supresión de tales datos aparece como un proceder arbitrario y que se presume que causa daño, por lo cual ha de mandarse a suprimir, teniendo en cuenta la finalidad específica de la acción de amparo.

Pero para mayor claridad he de precisar:

a) Caducidad del dato.

b) Derecho al olvido.

c) Arbitrariedad de la negativa a suprimir el dato caduco.

d) Potencialidad dañosa.

a) Caducidad del dato:

Trátase en la especie de inhabilitaciones para operar en cuentas corrientes bancarias producidas en los años 1984/1985/1986, es decir hace 12, 11 y 10 años.

El dato caduco es el dato que por efecto del transcurso del tiempo, ha perdido virtualidad, ha devenido intrascendente a los efectos de cualquier efecto jurídico relativo a la ejecutabilidad.

Es innegable que en el caso el dato es caduco; si se piensa en términos de prescripción civil superaría el plazo de prescripción liberatoria más largo, y sería equivalente al plazo de prescripción adquisitiva con justo título.

Es importante tener en cuenta la aplicación de leyes análogas en la materia y en la especie tiene relevancia la norma citada por el actor, contenida en el Título VIII, Reincidencia, art. 51 inc. 2 CP.   - , párrafo que dispone:

“El registro de las sentencias condenatorias caducará a todos sus efectos: después de transcurridos 5 años desde su extinción para las condenas a pena de multa o inhabilitación. En todos los casos se deberá brindar la información cuando mediare expreso consentimiento del interesado…”.

Al respecto, en la legislación española la LORTAD establece en sus arts. 28 a 30 pautas sobre Servicios de información sobre solvencia patrimonial y en el ap. 3 del art. 28 establece como límite concerniente a los datos que pueden ser objeto de tratamiento con fines de información de solvencia, a aquellos que sean determinantes para enjuiciar la misma. Asimismo “previene el límite temporal de seis años -si los datos son adversos- como el mayor período al que puede extenderse la información” (Orti Vallejo, Antonio, “Derecho a la intimidad e informática”, Ed. Comares, Universidad de Granada, 1994, p. 186).

b) El derecho al olvido:

En definitiva lo que se busca proteger permitiendo la supresión del dato caduco es el “derecho al olvido”. Este es, el principio a tenor del cual ciertas informaciones (vgr. antecedentes penales prescriptos) deben ser eliminados de los archivos transcurrido un determinado espacio de tiempo desde el momento en que acaeció el hecho a que se refieren, para evitar que el individuo quede prisionero de su pasado (Gozaíni, Osvaldo A., “El derecho de amparo”, p. 187).

c) Arbitrariedad de la negativa a suprimir el dato caduco:

En el presente, la negativa a suprimir los datos sobre inhabilitaciones no vigentes de más de 10 años es absolutamente arbitraria, y contraria a la doctrina de los propios actos, máxime cuando la demandada en su contestación expresamente manifiesta normalmente “los datos de los hechos o actos registrados de la persona física o ideal los dan de baja a los 10 años de vencido el plazo de vigencia de cada uno de ellos”.

d) Potencialidad dañosa:

Es indiscutible la potencialidad dañosa de informes sobre inhabilitaciones para operar en cuenta corriente bancaria, que pueden llevar a que se niegue el crédito o el seguro. Casos como éstos han dado lugar a acciones por daños y de rectificación de la información contra el banco o contra la entidad proveedora del informe. Por ejemplo los casos estadounidenses “Thompson v. San Antonio Retail Merchants Ass’n” (682 F.2d 509, 1982) y “Lowry v. Credit Bureau, Inc. of Georgia” (444 F. Supp. 54). Pero lo cierto es que en esta materia hay que tener en cuenta que la tutela de los derechos de la personalidad y en particular el de la intimidad, no puede quedarse en el “resarcimiento, sino que es necesario eliminar la fuente de daño potencial. En el caso de la utilización informática de datos, esa eliminación de la fuente del daño no sería otra cosa que la cancelación del fichero” (Orti Vallejo, ob. cit., p. 174).

Por todas las consideraciones expuestas y en mérito a lo dispuesto por el art. 1071 bis y concs. CC.   - , resuelvo:

1) Hacer lugar a la demanda de amparo interpuesta por el Sr. Esteban P. FF. contra Organización Veraz S.A. y, en consecuencia, condenar a estos últimos suprimir de sus bases de datos la información concerniente a las inhabilitaciones de Esteban P. FF. para operar en cuenta corrientes, dictadas por el Banco Central de la República Argentina, en las siguientes fechas: abril 1984 a pedido del Bank of América, en mayo de 1985 a pedido del Banco del Suquía, enero de 1986 a pedido del Banco do Brasil; costas a cargo de la demandada vencida, a cuyo efecto y atento lo prespripto por los arts. 6, 7 y concs. del arancel, reformado por la ley 24432   - , regúlanse los honorarios de los letrados de la actora.- Graciela Medina.

2ª INSTANCIA.- Buenos Aires, mayo 10 de 1996.- Considerando: 1. No corresponde admitir hechos nuevos en la alzada, a mérito de la forma de concesión del recurso y lo dispuesto por el art. 275 CPr.   - , como por lo demás lo dice el accionante al responder las quejas.

2. Por otra parte, tampoco ha de prosperar el recurso de nulidad, que integra el memorial, ya que comprendido por el de apelación, pero circunscripto al error in procedendo, la sala discrepa con los argumentos de la emplazada, que se funda en la omisión de la apertura a prueba e igual comportamiento al no declarar la causa de puro derecho y llamar “autos para sentencia” sucesivamente. La vía sumarísima a la que se ajusta el asunto enerva estos argumentos; pero además, en lo particular, la naturaleza del asunto refleja que era superflua la declaración de testigos propuestos a f. 23 vta., única que aportó esa parte, junto con la documental (arg. art. 364 Ccit.).

Tampoco comparte la sala que la jueza haya violado el principio de congruencia, sobre la base de los argumentos señalados, a los que suma la quejosa la “creación de los términos datos caducos” por parte de aquélla. Es bien sabido, por carecer de autonomía este remedio, que pueden repararse a través de la apelación, cuando como en el caso, el tribunal de alzada a continuación examine el derecho con jurisdicción plena (arg. art. 253 Ccit.).

3. En concreto, las pretensiones fueron nítidamente expuestas por el demandante y la defensa ejercida por la empresa accionada releva de contar con mayores elementos de ponderación.

En efecto, el origen del hábeas data, en lo que a esta cuestión fue circunscripto, es explicable en función con el desarrollo de la informática que cuenta con protección constitucional a través de las reglas que tutelan la libertad de comerciar, trabajar, propiedad, etc. Frente a este avance de la técnica, se alza la situación de los registrados en archivos y bancos de datos, cuya tutela merece análoga protección constitucional, pero en la medida en que aquellos contengan información equivocada, antigua, falsa, con potenciales fines discriminatorios, lesiva del derecho a la intimidad de las personas, etc. (conf. Sagüés, Néstor P., “Amparo, hábeas data y hábeas corpus en la reforma constitucional”, LL 1994-D-1158).

Consecuentemente, se trata de sintetizar la posibilidad de ser atendible la acción promovida, siempre que de los registros surjan inexactitudes o que éstos puedan provocarle cierta y determinada discriminación. Este es el punto neurálgico, que aquí cabe apreciar; porque ambas partes están contestes en que, pese al contenido de la “información” existente en los archivos de la emplazada, estrictamente carecen de inexactitudes, porque contienen expresos agregados, con asiento incluso de fechas, de que en los tres supuestos las causas de inhabilitación han vencido.

Fue éste el aspecto atacado en la demanda; temporalmente, sostiene, que publica su intimidad y actúa a modo de discriminación. Ninguno de estos conceptos comparte la sala; debido a que, paralelamente, no los impugna por inexactos.

Menos puede sostenerse que incursionen en el terreno del honor e intimidad y con ello resulten discriminatorios en la vida de relación del actor; parece oportuno recordar, por un lado, la ausencia de reglamentación sobre la materia. Por otro, como se orienta a actividades de índole estrictamente comercial, crediticias, etc., median suficientes razones para afirmar que la confidencialidad requiere un marco estricto de análisis, que sin duda no es el querido por el actor y que la a quo tuvo específicamente en cuenta el pronunciarse, con sujeción a los efectos de la caducidad, derecho al olvido o arbitrariedad de la negativa a supresión del dato, etc. (además del art. 51 CP.   - ).

Sobre la base de estas consideraciones, entonces, preciso era adoptar algún método de información a terceros, si las normas no lo procuran hasta el presente (arg. art. 16 CC.   - ).

Ahí es posible encontrar el nudo de este asunto, si incluso se toman las consideraciones puestas de relieve por la resolución de grado. La entidad demandada, típicamente comercial a la luz del art. 8 y concs. CCom.   - -fue asimismo señalado por esa parte al contestar la demanda-, afirma que guarda sus datos durante diez años, tan es así, que en la actualidad y de acuerdo a lo expuesto en el memorial, subsistirían sólo los dos últimos, es decir aquéllos producidos en los años 1985 y 1986 respectivamente.

Consecuentemente, no es arbitrario o producto de un excesivo rigor informático, a raíz de concordar con la obligación mercantil derivada del art. 67 CCom.   - , según la cual es el período de conservación de los libros y documentación, a su vez exigida por el art. 44 de ese cuerpo legal.

En síntesis, si los interesados cuentan con libre acceso y la supresión se realiza bajo las pautas que han sido expuestas, corresponde acoger los agravios de la empresa “Organización Veraz S.A.”; corroborada si se quiere, con la afirmación no negada que integró el memorial, bajo subtítulo de hecho nuevo, acerca de la obtención de dos tarjetas de crédito de circulación en plaza.

Por todo ello, se resuelve: revocar la resolución de fs. 26/31; con costas de ambas instancias al vencido (art. 69 CPr.   - ).- (Omissis…).- Carlos A. Bellucci.- Roberto E. Greco.- Leopoldo Montes de Oca.


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propecia buy November 24th, 1990 | propecia buy | propecia buy | Comments Off

SENTENCIA DEL TRIBUNAL DE JUSTICIA (Sala Tercera)

de 24 de noviembre de 2011 (*)

«Sociedad de la información – Derechos de autor – Internet – Programas “peer-to-peer” – Proveedores de acceso a Internet – Establecimiento de un sistema de filtrado de las comunicaciones electrónicas para evitar los intercambios de archivos que vulneren los derechos de autor – Inexistencia de obligación general de supervisar los datos transmitidos»

En el asunto C‑70/10,

que tiene por objeto una petición de decisión prejudicial planteada, con arreglo al artículo 267 TFUE, por la cour d’appel de Bruxelles (Bélgica), mediante resolución de 28 de enero de 2010, recibida en el Tribunal de Justicia el 5 de febrero de 2010, en el procedimiento entre

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y

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en el que participan:

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propecia buy September 11th, 1970 | propecia buy | propecia buy | propecia buy | Comments Off

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propecia buyFor Author Plaintiffs: Michael J. Boni, Esq, Joanne Zack, Esq., BONI & ZACK LLC, Bala Cynwyd, PA.

 

For Publisher Plaintiffs: Bruce P. Keller, Esq., Jeffrey P. Cunard, Richard S. Lee, Esq., DEBEVOISE & PLIMPTON LLP, New York, NY.

 

For Google Inc., Defendant: Daralyn J. Durie, Esq., Joseph C. Gratz, Esq., DURIE TANGRI LLP, San Francisco, CA.

 

For United States of America: John D. Clopper, Esq., Owen Knedler, Esq., Assistant United States Attorneys, PREET BHARARA, Esq., United States Attorney, for the Southern District of New York, New York, NY; WILLIAM F. CAVANAUGH, Esq., Deputy Assistant Attorney General, Antitrust Division, U.S. Department of Justice, Washington, D.C.

 

propecia buyDENNY CHIN, United States Circuit Judge. Sitting By Designation.

 

propecia buyDENNY CHIN

 

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Before the Court is plaintiffs’ motion pursuant to Rule 23 of the Federal Rules of Civil Procedure for final approval of the proposed settlement of this class action on the terms set forth in the Amended Settlement Agreement (the “ASA”). The question presented is whether the ASA is fair, adequate, and reasonable. I conclude that it is not.

While the digitization of books and the creation of a universal digital library would benefit many, the ASA would simply go too far. It would permit this class action — which was brought against defendant Google Inc. (“Google”) to challenge its scanning of books and display of “snippets” for on-line searching — to implement a forward-looking business arrangement that would grant Google significant rights to exploit entire books, without permission of the copyright owners. Indeed, the ASA would give Google a significant advantage over competitors, rewarding it for engaging in wholesale copying of copyrighted works without permission, while releasing claims well beyond those presented in the case.

Accordingly, and for the reasons more fully discussed below, the motion for final approval of the ASA is denied. The accompanying motion for attorneys’ fees and costs is denied, without prejudice.

 

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In 2004, Google announced that it had entered into agreements with several major research libraries to digitally copy books and other writings in their collections. Since then, Google has scanned more than 12 million books. It has delivered digital copies to the participating libraries, created an electronic database of books, and made text available for online searching. See generally Emily Anne Proskine, Google’s Technicolor Dreamcoat: A Copyright Analysis of the Google Book Search Library Project, 21 Berkeley Tech. L.J. 213, 220-21 (2006) (describing project). Google users can search its “digital library” and view excerpts — “snippets” — from books in its digital collection.1

 

1   The term “digital library” apparently first appeared in the 1980s, see Mary Murrell, Digital + Library: Mass Book Digitization as Collective Inquiry, 55 N.Y.L. Sch. L. Rev. 221, 230 (2010), although the notion of a “universal library — the utopian dream of gathering [] all human knowledge and, especially, all the books ever written in one place” — has been with us for many centuries, id. at 226; see also id. at 226-36 (detailing that history). It is estimated that there are 174 million unique books. (Clancy Decl. ¶ 11, ECF No. 946). The Republic of Germany reports that certain “European nations have taken affirmative steps to create a European Digital Library (‘Europeana’) that balances the needs of authors and publishers with those of users in a way that meets the interests of both.” (Mem. in Opp’n to ASA of Republic of Germany 2, ECF No. 852 (“Germany Mem.”)).

The benefits of Google’s book project are many. Books will become more accessible. Libraries, schools, researchers, and disadvantaged populations will gain access to far more books. Digitization will facilitate the conversion of books to Braille and audio formats, increasing access for individuals with disabilities. Authors and publishers will benefit as well, as new audiences will be generated and new sources of income created. Older books — particularly out-of-print books, many of which are falling apart buried in library stacks — will be preserved and given new life.2

 

2   See, e.g., Matthew Sag, The Google Book Settlement & the Fair Use Counterfactual, 55 N.Y.L. Sch. L. Rev. 19, 73 (2010) (“There is no doubt that approval of the settlement will yield enormous cultural, intellectual, and educational benefits. It will expand access to millions of out-of-print books for all readers; it will also facilitate a revolution in access for print-disabled persons and users in remote locations without immediate geographic access to the nation’s marquee research libraries. . . . From the perspective of authors and publishers, the GBS [Google Book Search] settlement promises new ways to profit from out-of-print works, as well as the possibility that increased access will draw in new readers and open up new niche markets.”).

Millions of the books scanned by Google, however, were still under copyright, and Google did not obtain copyright permission to scan the books.3 As a consequence, in 2005, certain authors and publishers brought this class action and the related case, respectively, charging Google with copyright infringement. The authors seek both damages and injunctive relief, and the publishers seek injunctive relief. Google’s principal defense is fair use under § 107 of the Copyright Act, 17 U.S.C. § 107.

 

3   “Google proceeded to scan, digitize, and copy books . . . without attempting to contract with rightsholders beforehand to obtain rights and licenses to copy in-copyright books and display portions of them on its website. In doing so, Google reversed the default copyright arrangement by shifting the burden to rightsholders to assert their rights.” Alessandra Glorioso, Google Books: An Orphan Works Solution, 38 Hofstra L. Rev. 971, 992 (2010) (footnotes omitted).

The parties engaged in document discovery and, in the fall of 2006, began settlement negotiations. On October 28, 2008, after extended discussions, the parties filed a proposed settlement agreement. The proposed settlement was preliminarily approved by Judge John E. Sprizzo by order entered November 17, 2008 (ECF No. 64). Notice of the proposed settlement triggered hundreds of objections. As a consequence, the parties began discussing possible modifications to the proposed settlement to address at least some of the concerns raised by objectors and others. On November 13, 2009, the parties executed the ASA and filed a motion for final approval of the ASA pursuant to Federal Rule of Civil Procedure 23(e) (ECF No. 768). I entered an order preliminarily approving the ASA on November 19, 2009 (ECF No. 772).

Notice of the ASA was disseminated. As was the case with the original proposed settlement, hundreds of class members objected to the ASA. A few wrote in its favor. The Department of Justice (“DOJ”) filed a statement of interest raising certain concerns (ECF No. 922). Amici curiae weighed in, both for and against the proposed settlement. The Court conducted a fairness hearing on February 18, 2010.

 

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The ASA is a complex document. It is 166 pages long, not including attachments. Article I sets forth 162 definitions, including the capitalized terms discussed below. I will not describe the ASA in detail, but will summarize its principal provisions.

The Class consists of all persons (and their heirs, successors, and assigns) who, as of January 5, 2009, own a U.S. copyright interest in one or more Books or Inserts4 implicated by a use authorized by the ASA. Certain individuals and entities are excluded. (ASA § 1.13). The Author Sub-Class consists principally of members of the Class who are authors and their heirs, successors, and assigns. (ASA § 1.17). The Publisher Sub-Class consists of all members of the Class that are publishing companies that own a U.S. copyright interest in an Insert or have published a Book. (ASA § 1.122).

 

4   An Insert includes, for example, a foreword, prologue, or essay that is independently copyrighted, if certain other requirements are met. (ASA § 1.75).

Under the ASA, Google is authorized to (1) continue to digitize Books and Inserts, (2) sell subscriptions to an electronic Books database, (3) sell online access to individual Books, (4) sell advertising on pages from Books, and (5) make certain other prescribed uses. (ASA §§ 3.1, 4.1-4.8; see also ASA § 1.149). The rights granted to Google are non-exclusive; Rightsholders retain the right to authorize others, including competitors of Google, to use their Books in any way. (ASA §§ 2.4, 3.1(a)). Google will pay to Rightsholders 63% of all revenues received from these uses, and revenues will be distributed in accordance with a Plan of Allocation and Author-Publisher Procedures. (ASA §§ 2.1-2.4, 4.5, 5.4 & Attachs. A, C).

The ASA will establish a Book Rights Registry (the “Registry”) that will maintain a database of Rightsholders, and the Registry will administer distributions of revenues. (ASA § 6.1(b)). Google will fund the establishment and initial operations of the Registry with a payment of $34.5 million (which will also cover the costs of notice to the Class). (ASA § 2.1(c)). The Registry will be managed by a Board consisting of an equal number of Author Sub-Class and Publisher Sub-Class representatives (at least four each). (ASA § 6.2(b)). The ASA will also create an “independent” Unclaimed Works Fiduciary to represent interests with respect to, and assume responsibility for certain decisions pertaining to, unclaimed works, including pricing and book classification. (ASA §§ 3.2(e)(i), 3.3, 3.10, 4.2(c)(i), 4.3, 4.5(b)(ii), 4.7, 6.2(b)(ii)).

Rightsholders can exclude their Books from some or all of the uses listed above, and they can remove their Books altogether from the database. At any time Rightsholders can ask Google not to digitize any Books not yet digitized, and Google will use “reasonable efforts” not to digitize any such Books. (ASA §§ 1.124, 3.5(a)(i)). A Rightsholder may also request removal from the Registry of a Book already digitized, and Google is obligated to remove the Book “as soon as reasonably practicable, but it any event no later than thirty (30) days.” (ASA § 3.5(a)(i)).

As for Books and Inserts digitized before May 5, 2009, Google will pay $45 million into a Settlement Fund to make Cash Payments to Rightsholders — at least $60 per Principal Work, $15 per Entire Insert, and $5 per Partial Insert, for which at least one Rightsholder has registered a valid claim on or before the agreed-upon deadline. (ASA §§ 2.1(b), 13.4; see also Stip. & Order to Extend Cash Payment Deadline 1-2, Feb. 18, 2011, ECF No. 970). These are minimum amounts, and if more than $45 million becomes necessary to pay all eligible claims, Google will provide additional funds. If payment of all eligible claims requires less than $45 million, the Registry will distribute greater amounts up to a maximum of $300 per Principal Work, $75 per Entire Insert, and $25 per Partial Insert. (ASA § 5.1).

Going forward, the ASA provides for Google to split revenues with Rightsholders. For works covered by the ASA, Google will pay to the Registry, on behalf of Rightsholders, 70% of net revenues from sales and advertising; net revenues reflect a 10% deduction for Google’s operating costs. (ASA §§ 1.89, 1.90, 4.5(a)(i)-(ii)). Revenue splits can be renegotiated by individual Rightsholders. (ASA § 4.5(a)(iii)).

The ASA obligates the Registry to use “commercially reasonable efforts” to locate Rightsholders. (ASA § 6.1(c)). The Registry will receive payments from Google on behalf of Rightsholders and will in turn distribute them to registered Rightsholders. (ASA § 6.1(d)). Funds unclaimed after five years may be used, in part, to cover the expense of locating owners of unclaimed works. (ASA § 6.3(a)(i)(2)). After ten years, unclaimed funds may be distributed to literary-based charities. (ASA § 6.3(a)(i)(3)).5

 

5   The States of Connecticut, Massachusetts, Pennsylvania, Texas, and Washington objected specifically to provisions of the ASA dealing with unclaimed funds. (See Objection to ASA of Massachusetts, Pennsylvania & Washington, ECF No. 860; Objection of Connecticut to ASA, ECF No. 851; Letter from Att’y Gen. of Tex. to Court (Jan. 27, 2010) (ECF No. 887)). I need not rule on these objections at this time, as no unclaimed funds yet exist (see Pls.’ Suppl. Mem. Responding to Specific Objections 154-55, ECF No. 955 (“Pls.’ Suppl. Mem.”)), and in light of my rulings below.

The ASA distinguishes between in-print (Commercially Available) and out-of-print (not Commercially Available) Books. (ASA §§ 1.31, 3.2, 3.3). Google may not display in-print Books at all unless and until it receives prior express authorization from the Books’ Rightsholders. The ASA does give Google the right to make Non-Display Uses of in-print Books. (ASA § 3.4). Google may display out-of-print Books without the prior express authorization of the Books’ Rightsholders, but its right to do so ceases when and if the Rightsholder directs Google to stop.

 

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Approximately 500 submissions were filed commenting on the ASA and the original proposed settlement. The vast majority objected to the ASA.6 Some 6800 class members opted out. (Fairness Hr’g Tr. 166, Feb. 18, 2010 (Michael J. Boni)). The major objections are as follows:

 

6   Plaintiffs argue that the number of objections received is small when “viewed in light of the size of the Class, which numbers in the hundreds of thousands, or millions.” (Pls.’ Suppl. Mem. 1-2 & n.2, ECF No. 955). Some wrote in support of the ASA. (See, e.g., Letter from Gregory Crane to Court 1 (Aug. 7, 2009) (ECF No. 898) (“I am writing to support making the millions of books that Google has digitized reach the widest possible audience as quickly as possible. . . . This is a watershed event and can serve as a catalyst for the reinvention of education, research and intellectual life.”); Letter from Nat’l Fed’n of the Blind to Court 2 (Jan. 19, 2010) (ECF No. 858) (“[I]f this Court approves the settlement, the NFB and its members, as well as the estimated thirty million Americans who cannot read print due to other disabilities, will benefit from unprecedented access to information.”); Letter from Publishers Ass’n to Court 1-2 (Jan. 27, 2010) (ECF No. 825); Letter from Canadian Publishers’ Council to Court (Jan. 27, 2010) (ECF No. 826)).

 

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Certain objectors contend that class members were given inadequate notice of the original proposed settlement as well as of the ASA. For example, the Science Fiction and Fantasy Writers of America, Inc., the American Society of Journalists and Authors, Inc., and certain foreign publisher and authors associations object to the adequacy of notice.

 

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Certain objectors, including some foreign authors, academic authors, Insert authors, and others object to the adequacy of representation, contending that their interests are at odds with the interests of the representative plaintiffs.

 

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Certain objectors as well as the United States argue that the ASA will improperly use Rule 23 to shape a “forward-looking” business arrangement that would release claims not before the Court. They contend that the case is about the scanning of books and the display of “snippets,” while the ASA will release claims regarding the display and sale of entire books.

 

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Certain objectors, including two of Google’s major competitors, Amazon.com, Inc. (“Amazon”) and Microsoft Corp. (“Microsoft”), object to the ASA on the grounds it would violate existing copyright law. They contend, for example, that judicial approval of the ASA would infringe on Congress’s constitutional authority over copyright law. They contend further that the provisions of the ASA pertaining to “orphan works” would result in the involuntary transfer of copyrights in violation of the Copyright Act, as copyrighted works would be licensed without the owners’ consent. See 17 U.S.C. § 201(e).

 

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Certain objectors oppose the ASA on antitrust grounds, arguing that (1) certain pricing mechanisms would constitute horizontal agreements that would violate the Sherman Act; (2) the ASA would effectively grant Google a monopoly over digital books, and, in particular, orphan books; and (3) such a monopoly would further entrench Google’s dominant position in the online search business.

 

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Certain objectors, including the Center for Democracy and Technology and the Electronic Privacy Information Center, contend that the ASA raises significant privacy issues, as the digitization of books would enable Google to amass a huge collection of information, including private information about identifiable users, without providing adequate protections regarding the use of such information.

 

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Certain foreign authors and entities contend that the ASA, even with its narrowed coverage of non-U.S. works, would violate international law by, for example, requiring foreign rightsholders to determine whether they are covered and therefore must “opt out,” and also by favoring rightsholders from certain nations.

The parties have submitted detailed responses to all of the objections.

 

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Under Rule 23(e) of the Federal Rules of Civil Procedure, a settlement of a class action requires approval of the court. Fed. R. Civ. P. 23(e). The court may approve a settlement that is binding on the class only if it determines that the settlement is “fair, adequate, and reasonable, and not a product of collusion.” Joel A. v. Giuliani, 218 F.3d 132, 138 (2d Cir. 2000); see Fed. R. Civ. P. 23(e)(2). This analysis requires the court to consider both “the settlement’s terms and the negotiating process leading to settlement.” Wal-Mart Stores, Inc. v. Visa U.S.A. Inc., 396 F.3d 96, 116 (2d Cir.), cert. denied, 544 U.S. 1044, 125 S. Ct. 2277, 161 L. Ed. 2d 1080 (2005). “A ‘presumption of fairness, adequacy, and reasonableness may attach to a class settlement reached in arm’s-length negotiations between experienced, capable counsel after meaningful discovery.’” Id. (quoting Manual for Complex Litigation (Third) § 30.42 (1995)).

Rule 23(e) does not set forth the factors a court is to consider in determining whether an agreement is fair, reasonable, and adequate. In this Circuit, courts traditionally consider the following factors, commonly referred to as the Grinnell factors: (1) the complexity, expense, and likely duration of the litigation; (2) the reaction of the class to the settlement; (3) the stage of the proceedings and the amount of discovery completed; (4) the risks of establishing liability; (5) the risks of establishing damages; (6) the risks of maintaining a class action through trial; (7) the ability of defendants to withstand greater judgment; (8) the range of reasonableness of the settlement fund in light of the best possible recovery; and (9) the range of reasonableness of the settlement fund in light of the attendant risks of litigation. City of Detroit v. Grinnell Corp., 495 F.2d 448, 463 (2d Cir. 1974) (internal citations omitted), abrogated on other grounds by Goldberger v. Integrated Res., Inc., 209 F.3d 43 (2d Cir. 2000); see also Wal-Mart Stores, 396 F.3d at 117-19 (applying Grinnell factors in considering approval of settlement). The weight given to any particular factor varies based on the facts and circumstances of the case. 7B Charles Alan Wright, Arthur R. Miller & Mary Kay Kane, Federal Practice and Procedure: Civil § 1797.1, at 77 (3d ed. 2005).

Public policy, of course, favors settlement. Wal-Mart Stores, 396 F.3d at 116-17; accord Williams v. First Nat’l Bank, 216 U.S. 582, 595, 30 S. Ct. 441, 54 L. Ed. 625 (1910) (“Compromises of disputed claims are favored by the courts.”); TBK Partners, Ltd. v. W. Union Corp., 675 F.2d 456, 461 (2d Cir. 1982) (noting “the paramount policy of encouraging settlements”). Consequently, when evaluating a settlement agreement, the court is not to substitute its judgment for that of the parties, nor is it to turn consideration of the adequacy of the settlement “into a trial or a rehearsal of the trial.” Grinnell, 495 F.2d at 462. “Rather, the Court’s responsibility is to reach an intelligent and objective opinion of the probabilities of ultimate success should the claims be litigated and to form an educated estimate of the complexity, expense and likely duration of such litigation and all other factors relevant to a full and fair assessment of the wisdom of the proposed compromise.” In re Met. Life Derivative Litig., 935 F. Supp. 286, 292 (S.D.N.Y. 1996) (quoting Lewis v. Newman, 59 F.R.D. 525, 527-28 (S.D.N.Y. 1973) (internal quotation marks and ellipsis omitted)).

In this case, the fairness and reasonableness of the ASA has been challenged on the basis that it would release claims not properly before the Court. The Second Circuit has observed that “[b]road class action settlements are common,” and that consequently “[p]laintiffs in a class action may release claims that were or could have been pled in exchange for settlement relief.” Wal-Mart Stores, 396 F.3d at 106. But the Second Circuit has recognized that there are limits. First, “class action releases may include claims not presented and even those which could not have been presented as long as the released conduct arises out of the ‘identical factual predicate’ as the settled conduct.” Id. at 107 (quoting TBK Partners, 675 F.2d at 460). Second, the released claims must be adequately represented prior to settlement, in the sense that “[c]laims arising from a shared set of facts will not be precluded where class plaintiffs have not adequately represented the interests of class members.” Id. at 106-07, 110.7

 

7   In the context of a consent decree resolving a race discrimination class action, the Supreme Court has identified similar concerns while addressing the scope of a federal court’s remedial authority. In Local No. 93, Int’l Ass’n of Firefighters, AFL-CIO C.L.C. v. City of Cleveland (Firefighters), it held that a consent decree must (1) “spring from and serve to resolve a dispute within the court’s subject-matter jurisdiction”; (2) “com[e] within the general scope of the case made by the pleadings”; and (3) “further the objectives of the law upon which the complaint was based.” 478 U.S. 501, 525, 106 S. Ct. 3063, 92 L. Ed. 2d 405 (1986) (alteration in original) (internal quotation marks omitted). Although the consent decree in Firefighters permitted forward-looking conduct, the conduct was remedial in nature and was intended to address the harm that was the subject of the lawsuit, i.e., the past discrimination. The consent decree did not create new and independent forward-looking business arrangements.

 

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I consider the “settlement’s terms” and the “negotiating process” in the context of discussing the Grinnell factors. As the Second Circuit did in Wal-Mart Stores, I combine certain of the factors and discuss them together. See 396 F.3d at 118 (combining fourth, fifth, and sixth factors), 119 (combining eighth and ninth factors). Of course, I consider also the objections to the ASA.

As a preliminary matter, I conclude that most of the Grinnell factors favor approval of the settlement. The ASA was the product of arm’s length negotiations between experienced, capable counsel, with assistance from DOJ. Further litigation would be complex, expensive, and time-consuming. Although the parties have conducted only limited discovery, the case has been pending for some years. The legal and factual issues are complex, and there is a risk that if plaintiffs were to proceed to trial, they would be unable to establish liability or prove damages. As discussed further below, substantial questions exist as to whether the case could be maintained as a class action, in its present form, through trial. In light of the attendant risks, the financial aspects of the ASA fall well within the range of reasonableness.

Only two of the Grinnell factors weigh against approval of the settlement: the reaction of the class and defendant’s ability to withstand judgment. As for the latter, there is no real risk that a judgment following trial would render Google insolvent, and thus the avoidance of insolvency is not an issue. The former, however, is important. Not only are the objections great in number, some of the concerns are significant. Further, an extremely high number of class members — some 6800 — opted out. See In re Gen. Motors Corp. Pick-Up Truck Fuel Tank Prods. Liab. Litig., 55 F.3d 768, 785, 812 (3d Cir. 1995) (noting that “the number and vociferousness of the objectors” is a factor to consider in weighing reasonableness of proposed settlement). I turn to the objections now.

 

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The objections to the adequacy of the class notice are rejected. I am satisfied that the class received adequate notice. More than 1.26 million individual notices in thirty-six languages were sent directly to copyright owners, potential class members, and publisher and author associations worldwide. (Pls.’ Suppl. Mem. 36-37, 54-60, ECF No. 955). Plaintiffs also established a website to provide information about the case, the original proposed settlement, and the ASA. Of course, the case has received enormous publicity, and it is hard to imagine that many class members were unaware of the lawsuit. (But see Objections of Wash. Legal Found. to ASA & Class Certification, ECF No. 901 (objecting to notice)).

 

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The adequacy of representation inquiry considers whether “1) plaintiff’s interests are antagonistic to the interest of other members of the class and 2) plaintiff’s attorneys are qualified, experienced and able to conduct the litigation.” Baffa v. Donaldson, Lufkin & Jenrette Sec. Corp., 222 F.3d 52, 60 (2d Cir. 2000). Here, representative plaintiffs are represented by counsel highly experienced in class action and copyright litigation. I am confident that they are qualified, experienced, and able to conduct the litigation.

As to the first prong of the analysis, however, as discussed below, I conclude that there is a substantial question as to the existence of antagonistic interests between named plaintiffs and certain members of the class. See Amchem Prods., Inc. v. Windsor, 521 U.S. 591, 595, 117 S. Ct. 2231, 138 L. Ed. 2d 689 (1997) (“[T]he settling parties achieved a global compromise with no structural assurance of fair and adequate representation for the diverse groups and individuals affected.”). While it is true, as plaintiffs argue, that “differences in views or characteristics between class members do not mean the Class has not been adequately represented” (Pls.’ Suppl. Mem. 24, ECF No. 955), the differences here are troubling.

 

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The ASA can be divided into two distinct parts. The first is a settlement of past conduct and would release Google from liability for past copyright infringement. The second would transfer to Google certain rights in exchange for future and ongoing arrangements, including the sharing of future proceeds, and it would release Google (and others) from liability for certain future acts. (See, e.g., ASA §§ 10.1(f), 10.1(g), 10.2(a)).8 I conclude that this second part of the ASA contemplates an arrangement that exceeds what the Court may permit under Rule 23. As articulated by the United States, the ASA “is an attempt to use the class action mechanism to implement forward-looking business arrangements that go far beyond the dispute before the Court in this litigation.” (DOJ Statement of Interest 2, Feb. 4, 2010, ECF No. 922 (“DOJ SOI”)).9 Moreover, the Rules Enabling Act provides that the rules of procedure “shall not abridge, enlarge or modify any substantive right.” 28 U.S.C. § 2072(b). As the Supreme Court noted in Amchem: “Rule 23 . . . must be interpreted with fidelity to the Rules Enabling Act and applied with the interests of absent class members in close view.” 521 U.S. at 629.

 

8   The United States is of the view that the first part of the settlement — settling claims for past infringement based on digitization for use of snippets — is a matter that is appropriately settled in this case, while the second part — the series of forward-looking commercial arrangements — is not. (Hr’g Tr. 117-18 (William Cavanaugh)).

9   But see Uhl v. Thoroughbred Tech. & Telecomms., Inc., 309 F.3d 978 (7th Cir. 2002) (affirming approval of settlement of class action based on forward-looking business arrangement).

Although I am persuaded that the parties are seeking in good faith to use this class action to create an effective and beneficial marketplace for digital books, I am troubled in several respects.

 

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First, the establishment of a mechanism for exploiting unclaimed books is a matter more suited for Congress than this Court. The ASA would create, for example, the Registry and the Fiduciary. Together, they would represent — purportedly on an independent basis — the interests of Rightsholders, including those who have not registered but are covered merely because they did not opt out.

The questions of who should be entrusted with guardianship over orphan books, under what terms, and with what safeguards are matters more appropriately decided by Congress than through an agreement among private, self-interested parties. Indeed, the Supreme Court has held that “it is generally for Congress, not the courts, to decide how best to pursue the Copyright Clause’s objectives.” Eldred v. Ashcroft, 537 U.S. 186, 212, 123 S. Ct. 769, 154 L. Ed. 2d 683 (2003); accord Sony Corp. of Am. v. Universal City Studios, Inc., 464 U.S. 417, 429, 104 S. Ct. 774, 78 L. Ed. 2d 574 (1984) (“[I]t is Congress that has been assigned the task of defining the scope of the limited monopoly that should be granted to authors or to inventors in order to give the public appropriate access to their work product.”).10 In Sony, the Supreme Court noted that it was Congress’s responsibility to adapt the copyright laws in response to changes in technology:

 

From its beginning, the law of copyright has developed in response to significant changes in technology. Indeed, it was the invention of a new form of copying equipment — the printing press — that gave rise to the original need for copyright protection. Repeatedly, as new developments have occurred in this country, it has been the Congress that has fashioned new rules that new technology made necessary.

 

 

464 U.S. at 430-31 (footnotes omitted).

 

10   See also Amchem Prods., 521 U.S. at 628-29 (“The argument is sensibly made that a nationwide administrative claims processing regime would provide the most secure, fair, and efficient means of compensating victims of asbestos exposure. Congress, however, has not adopted such a solution.”).

In fact, Congress has made “longstanding efforts” to enact legislation to address the issue of orphan works. (Objections of Microsoft to ASA & Certification of Class 4-5 & nn.10-11, ECF No. 874 (quoting Statement of Marybeth Peters)). “Orphan Books” legislation was proposed in Congress in 2006 and 2008, but the proposed laws were not enacted. See Glorioso, supra n.3, at 980 (reviewing proposed legislation).

As discussed below, the ASA would also raise international concerns, and foreign countries, authors, and publishers have asserted that the ASA would violate international law. For this reason as well, the matter is better left for Congress.

 

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Second, the ASA would release claims well beyond those contemplated by the pleadings. This case was brought to challenge Google’s use of “snippets,” as plaintiffs alleged that Google’s scanning of books and display of snippets for online searching constituted copyright infringement. Google defended by arguing that it was permitted by the fair use doctrine to make available small portions of such works in response to search requests. There was no allegation that Google was making full books available online, and the case was not about full access to copyrighted works. The case was about the use of an indexing and searching tool, not the sale of complete copyrighted works.

The parties argue that the pleadings are not limited to plaintiffs’ claims with respect to the display of snippets, citing the Third Amended Complaint. (Pls.’ Suppl. Mem. 33-34, ECF No. 955 (quoting Third Am. Compl. ¶¶ 4-8, 60, ECF No. 782)). While it is true that the pleadings refer to broader conduct (including the creation of “digital copies” of books (Third Am. Compl. ¶ 4, ECF No. 782; see also Hr’g Tr. 158-59 (“When the publishers sued, they sued for the intial act of scanning our books without permission, cover to cover. We were not so concerned about what uses were made.”) (Bruce P. Keller))), the copying and display of copyrighted material occurred in the context of “Google Book Search,” which “is designed to allow users to search the text of books online. The digital archiving of the Books that are the subject of this lawsuit was undertaken by Google as part of Google Book Search.” (Third Am. Compl. ¶ 41, ECF No. 782; see also id. ¶ 55 (describing Google’s agreements with four university libraries and one public library “to ‘digitally scan books from their collections so that users worldwide can search them in Google’”)).

Google did not scan the books to make them available for purchase, and, indeed, Google would have no colorable defense to a claim of infringement based on the unauthorized copying and selling or other exploitation of entire copyrighted books.11 Yet, the ASA would grant Google the right to sell full access to copyrighted works that it otherwise would have no right to exploit.12 The ASA would grant Google control over the digital commercialization of millions of books, including orphan books and other unclaimed works.13 And it would do so even though Google engaged in wholesale, blatant copying, without first obtaining copyright permissions. While its competitors went through the “painstaking” and “costly” process of obtaining permissions before scanning copyrighted books, “Google by comparison took a shortcut by copying anything and everything regardless of copyright status.” (Hr’g Tr. 43 (Thomas Rubin, counsel for Microsoft)). As one objector put it: “Google pursued its copyright project in calculated disregard of authors’ rights. Its business plan was: ‘So, sue me.’” (Objection of Robert M. Kunstadt to Proposed Settlement 3, ECF No. 74).14

 

11   Counsel for Google acknowledged at the fairness hearing that Google would not have tried to defend digitizing and selling entire books. (Hr’g Tr. 150 (Daralyn J. Durie)).

12   Certain authors note, for example, that the ASA would release other intellectual property claims that were never asserted in the case. (Objections of Arlo Guthrie et al. to Proposed Class Action Settlement Agreement 14, ECF Nos. 209, 849-2 (“This expansive release [ASA § 10.1(f)] bars class members from protecting their most fundamental intellectual property rights, including for example the trademark interests of Catherine Ryan Hyde [to the mark Pay It Forward]. . . . Moreover, the release would preclude authors from pursuing any number of other claims commonly associated with full protection of their intellectual property rights — including for example right of publicity, disparagement, and tortious interference claims — that also were not alleged.”)).

13   As articulated by the academic authors objecting to the ASA: “The Google Book Search (GBS) initiative envisioned in the [ASA] is not a library. It is instead a complex and large-scale commercial enterprise in which Google — and Google alone — will obtain a license to sell millions of books for decades to come.” (Letter from Pamela Samuelson to Court (Jan. 27, 2010) (ECF No. 893) (“Samuelson Letter”)).

14   Some objectors accused Google of engaging in piracy. (See, e.g., Letter from Erika Faith Larsen to Court 1 (Jan. 27, 2010) (ECF No. 818) (“I am opting out because I believe this to be a copyright infringement and a form of pirating.”); Letter from William Ash to Court 1 (Jan. 12, 2010) (ECF No. 884) (“Google . . . is trying to benefit by weakening copyright. It seems to first want to do this with ‘orphaned’ works based on the shady practice of stealing by finding. . . . Google is trying to legalize piracy.”)).

Applying Firefighters, I conclude that the released claims would not come within “the general scope of the case made by the pleadings.” 478 U.S. at 525.15 Applying Wal-Mart Stores, I conclude that the released conduct would not arise out of the “identical factual predicate” as the conduct that is the subject of the settled claims. 396 F.3d at 107 (citation omitted).

 

15   As for the third prong of the Firefighters test, supporters of the proposed settlement argue that it would “serve[] copyright law’s central purpose of advancing knowledge and culture by furthering copyright’s social utility and social justice goals through inclusion of those who have been excluded. The Google Books Project furthers these goals by using an accepted copyright mechanism (i.e., a private, court-supervised settlement) to address the novel copyright problems presented by the new technologies, while still preserving the rights of copyright holders.” Lateef Mtima & Steven D. Jamar, Fulfilling the Copyright Social Justice Promise: Digitizing Textual Information, 55 N.Y.L. Sch. L. Rev. 77, 79-80 (2010); see Harper & Row Pubs., Inc. v. Nation Enters., 471 U.S. 539, 545, 105 S. Ct. 2218, 85 L. Ed. 2d 588 (1985) (“[C]opyright is intended to increase and not to impede the harvest of knowledge.”). As discussed below, however, the ASA raises significant copyright concerns as well.

 

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Third, the class plaintiffs have not adequately represented the interests of at least certain class members. See Wal-Mart Stores, 396 F.3d at 106-07, 110. The academic author objectors, for example, note that their interests and values differ from those of the named plaintiffs: “Academic authors, almost by definition, are committed to maximizing access to knowledge. The [Authors] Guild and the [Association of American Publishers], by contrast, are institutionally committed to maximizing profits.” (Samuelson Letter 3 (ECF No. 893)).16 In addition, the class representatives have interests that may be at odds, at least in part, with interests of foreign Rightsholders, as discussed below. Likewise, the named plaintiffs have interests different from Rightsholders who do not come forward to register. The parties have little incentive to identify and locate the owners of unclaimed works, as fewer opt-outs will mean more unclaimed works for Google to exploit.17

 

16   Many academic authors, for example, would prefer that orphan books be treated on an “open access” or “free use” basis rather than one where they would be controlled by one private entity. (See Hr’g Tr. 55-57 (Pamela Samuelson)).

17   Plaintiffs contend that “one of the Registry’s core missions is to locate Rightsholders of unclaimed out-of-print books . . . . The Registry will strive to locate the Rightsholders of unclaimed Books.” (Pls.’ Suppl. Mem. 21, ECF No. 955).

Plaintiffs argue that in “virtually every class action settlement, a percentage (often a high percentage) of class members does not file claims or otherwise participate but, nevertheless, their claims are released. From a Rule 23 perspective, there is no more an ‘orphan’ problem here than in any other class action settlement in which less than 100% of the class participates.” (Pls.’ Suppl. Mem. 3-4, ECF No. 955). I disagree. While it is true that in virtually every class action many class members are never heard from, the difference is that in other class actions class members are merely releasing “claims” for damages for purported past aggrievements. In contrast, here class members would be giving up certain property rights in their creative works, and they would be deemed — by their silence — to have granted to Google a license to future use of their copyrighted works.

 

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As alluded to above, the Copyright Clause of the Constitution grants Congress the power “[t]o promote the Progress of Science and useful Arts, by securing for limited Times to Authors and Inventors the exclusive Right to their respective Writings and Discoveries.” U.S. Const. art. I, § 8, cl. 8. The Supreme Court has recognized that courts should encroach only reluctantly on Congress’s legislative prerogative to address copyright issues presented by technological developments: “Sound policy, as well as history, supports our consistent deference to Congress when major technological innovations alter the market for copyrighted materials.” Sony, 464 U.S. at 431.

The ASA raises statutory concerns as well. Certain objectors contend that the ASA’s opt-out provisions would grant Google the ability to expropriate the rights of copyright owners who have not agreed to transfer those rights. (See, e.g., Objection of Amazon to ASA 9, ECF No. 823). The argument may have merit. The Copyright Act provides:

When an individual author’s ownership of a copyright, or any of the exclusive rights under a copyright, has not previously been transferred voluntarily by that individual author, no action by any governmental body or other official or organization purporting to seize, expropriate, transfer, or exercise rights of ownership with respect to the copyright, or any of the exclusive rights under the copyright, shall be given effect under this title, except as provided under title 11.

 

 

17 U.S.C. § 201(e). Yet, the ASA proposes to expropriate rights of individuals involuntarily.

Plaintiffs argue that § 201(e) was enacted to prevent governmental suppression of copyrights and that it does not apply to private parties. (Pls.’ Suppl. Mem. 113, ECF No. 955 (citing, e.g., In re Peregrine Entm’t, Ltd., 116 B.R. 194, 206 n.16 (C.D. Cal. 1990))). The statute, however, refers to “any governmental body or other official or organization,” and at a minimum a fair question exists as to whether this Court or the Registry or the Fiduciary would be expropriating copyright interests belonging to authors who have not voluntarily transferred them. As Professor Nimmer has written: “By its terms Section 201(e) is not limited to acts by governmental bodies and officials. It includes acts of seizure, etc., by any ‘organization’ as well.” 3 Melville B. Nimmer & David Nimmer, Nimmer on Copyright § 10.04 (Rev. Ed. 2010) (footnote omitted). In any event, I need not decide the precise question of whether the ASA would in fact violate § 201(e); the notion that a court-approved settlement agreement can release the copyright interests of individual rights owners who have not voluntarily consented to transfer is a troubling one. See also 17 U.S.C. § 106(1), (3) (“[T]he owner of copyright under this title has the exclusive rights to do and to authorize any of the following: . . . reproduce the copyrighted work . . . [and] distribute copies . . . of the copyrighted work to the public by sale or other transfer of ownership.”) (emphasis added).

A copyright owner’s right to exclude others from using his property is fundamental and beyond dispute. See Fox Film Corp. v. Doyal, 286 U.S. 123, 127, 52 S. Ct. 546, 76 L. Ed. 1010 (1932) (“The owner of the copyright, if he pleases, may refrain from vending or licensing and content himself with simply exercising the right to exclude others from using his property.”). As counsel for Amazon argued: “[T]he law of the United States is a copyright owner may sit back, do nothing and enjoy his property rights untrammeled by others exploiting his works without permission.” (Hr’g Tr. 46-47 (David Nimmer)). Under the ASA, however, if copyright owners sit back and do nothing, they lose their rights. (See id. at 47). Absent class members who fail to opt out will be deemed to have released their rights even as to future infringing conduct. “Copyright owners who are not aware that the [ASA] affects their interest unknowingly leave Google to decide how their books are used.” Glorioso, supra n.3, at 992.

Many objectors highlighted this concern in their submissions to the Court. An author from the United Kingdom states, very simply: “I do not want my books to be digitized.” (Letter from Tony Peake to Settlement Administrator 1 (Dec. 24, 2009) (ECF No. 821)). A 79-year old nature writer and author of 23 books illustrated with photographs of animals in the wild worries that the loss of control over her works could result in their being used to “vilif[y] the wildlife I spent my life trying to help the public come to understand and protect.” (Letter from Hope Ryden to Court 1 (Apr. 17, 2009) (ECF No. 84)). An author from Canada writes: “I am opting out because I believe in the integrity of copyright. I believe that only I, myself, should have the right to determine how my work can be used.” (Letter from Dina E. Cox to Court 1 (Jan. 19, 2010) (ECF No. 783)). Finally, an author from Texas gives the example of her grandfather. He self-published a memoir, Dust and Snow, in 1988. He passed away in the 1990s, and the copyright to the book passed to his three daughters. The author observes:

From Google’s point of view, Dust and Snow is an “orphaned” book. If and when Google scans it, the company is likely to be unsuccessful in trying to locate the publisher, since the book was self-published and my grandfather is now deceased. In essence, the way the settlement is written, such “orphaned” titles are automatically handed to Google free of charge to do with as it will.

From my family’s point of view, Dust and Snow is not orphaned at all. It is very clear who owns the copyright. So why is Google being granted the automatic right to take over the copyright of books like my grandfather’s?

 

 

(Letter from Margaret Jane Ross to Court 2 (Jan. 20, 2010) (ECF No. 787)).

While the named plaintiffs and Google would argue that these authors can simply opt out (see Hr’g Tr. 144 (Daralyn J. Durie)), the comments underscore certain points. First, many authors of unclaimed works undoubtedly share similar concerns. Second, it is incongruous with the purpose of the copyright laws to place the onus on copyright owners to come forward to protect their rights when Google copied their works without first seeking their permission.18 Third, there are likely to be many authors — including those whose works will not be scanned by Google until some years in the future — who will simply not know to come forward.19

 

18   In one submission, two literary agents expressed this concern eloquently:

 

By accepting this settlement, the court will be setting a highly questionable precedent, usurping the role of the legislature by creating a legal loophole for one corporation and reversing the very foundation of copyright protection. We who have devoted our lives to assisting the work of creative individuals are left with a sense of moral indignation. We have pledged, in our contracts with clients, to sell or license their rights to ethically and financially sound purchasers and licensees. And for many years we have toiled over agreements and contracts to accomplish this, aided by the protections of the law. The situation we find ourselves in now is one of dismay and powerlessness, with only the weak ability to “object” or opt out. We beseech you to give authors back their rights. Force Google to negotiate like any other publisher. And let us get back to work.

 

 

(Letter from Stuart Bernstein & Susan Bergholz to Court 3-4 (Jan. 26, 2010) (ECF No. 888)).

19   Google notes that under the ASA — and unlike in other class actions — class members retain “the right to change their mind. They can pull their books from the program at any point in time in the future.” (Hr’g Tr. 152 (Daralyn J. Durie)).

 

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The United States, Amazon, and Microsoft, among others, raise a number of antitrust concerns presented by the ASA.

The ASA would give Google a de facto monopoly over unclaimed works. Only Google has engaged in the copying of books en masse without copyright permission. (See DOJ SOI 21, ECF No. 922; Hr’g Tr. 43 (Thomas Rubin)). As the United States observed in its original statement of interest:

This de facto exclusivity (at least as to orphan works) appears to create a dangerous probability that only Google would have the ability to market to libraries and other institutions a comprehensive digital-book subscription. The seller of an incomplete database — i.e., one that does not include the millions of orphan works — cannot compete effectively with the seller of a comprehensive product.

 

 

(DOJ Statement of Interest 24, Sept. 18, 2009, ECF No. 720). And as counsel for the Internet Archive noted, the ASA would give Google “a right, which no one else in the world would have, . . . to digitize works with impunity, without any risk of statutory liability, for something like 150 years.” (Hr’g Tr. 95 (Hadrian Katz)).

The ASA would arguably give Google control over the search market. (See, e.g., Suppl. Mem. of Open Book Alliance in Opp’n to ASA 14-19, ECF No. 840). The ASA would permit third parties to display snippets from books scanned by Google, but only if they “have entered into agreements with Google.” (ASA § 3.9). Likewise, the ASA would permit third parties to “index and search” scanned books only if they are non-commercial entities or they otherwise have Google’s prior written consent. (ASA §§ 1.123, 1.93(e), 7.2(b)). The ASA would broadly bar “direct, for profit, commercial use of information extracted from Books in the Research Corpus” except with the express permission of the Registry and Google. (ASA § 7.2(d)(viii)). Google’s ability to deny competitors the ability to search orphan books would further entrench Google’s market power in the online search market. Cf. United States v. Griffith, 334 U.S. 100, 109, 68 S. Ct. 941, 92 L. Ed. 1236 (1948) (holding that owners of movie theaters with monopoly power in certain towns violated § 2 of Sherman Act by obtaining exclusive licensing agreements for first-run films, allowing them to foreclose competition and establish monopolies in more towns).20 (See Mem. of Internet Archive in Opp’n to ASA 3-4, ECF No. 811 (“Internet Archive Mem.”) (“Google would have the right to make complete copies of orphan works and use them for both display and non-display purposes, with no risk of copyright liability. Competitors that attempted to do the same thing, however, would face exposure to statutory damages.”)).

 

20   Nor is it merely Google’s competitors that have raised antitrust concerns. For example, amicus curiae Public Knowledge, a non-profit public interest organization “devoted to preserving the free flow of information in the digital age,” objects that the ASA would grant Google “a monopoly in the market for orphan books.” (Br. of Pub. Knowledge in Opp’n to ASA 2, ECF No. 895). It argues that “public access to orphan books must be open to all comers on a level playing field.” (Id.). In addition, the Institute for Information Law and Policy at New York Law School argues:

 

The heart of the [ASA] is that it would give Google a license to sell complete copies of out-of-print books unless their copyright owners object. It is all but certain that many orphan copyright owners will be unable to object. This sweeping default license will operate only in Google’s favor, instantly giving it a dominant market position.

 

 

(Letter from Inst. for Info. Law & Policy to Court 5 (Jan. 28, 2010) (ECF No. 856)).

 

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The Consumer Watchdog, Privacy Authors and Publishers, and others raise privacy concerns. The Consumer Watchdog argues that the ASA would give Google “the ability to collect nearly unlimited data about the activities of users of its Book Search and other programs, including users’ search queries, the identity of books a particular user reads, how long that reader spends on each book, and even what particular pages were read.” (Second Br. of Consumer Watchdog in Opp’n to ASA 11, ECF No. 841). These objectors contend that the ASA fails to provide adequate protections for users of Google Book Search. (Id. at 11-12; Privacy Authors & Publishers’ Objection to Proposed Settlement 16, ECF No. 281). They contend that the ASA fails to follow established law that protects reader privacy by limiting the disclosure of reader information. (Privacy Authors & Publishers’ Objection to Proposed Settlement 16-20, ECF No. 281 (citing case law and state statutes)).

The privacy concerns are real. Yet, I do not believe that they are a basis in themselves to reject the proposed settlement. The ASA provides that contact information provided by Class members to the Registry will not be disclosed to Google or the public if the Class member so requests. (ASA § 6.6(c)(iii), (d)). It also provides that Google shall maintain in confidence any Rightsholder’s personally identifiable information received in connection with the settlement. (ASA § 6.6(f)). Google has “committed” to certain safeguards (Def.’s Br. in Supp. of Approval of ASA 55-56, ECF No. 941), although these are voluntary undertakings only. I would think that certain additional privacy protections could be incorporated, while still accommodating Google’s marketing efforts.

 

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The original settlement included any book subject to a U.S. copyright interest as of the Notice Commencement Date. That definition would have included all books published after 1989 in any country that is a signatory to the Berne Convention because the Berne Convention guarantees that foreign authors be given the same rights and privileges for their works as domestic authors. As the United States signed onto the Berne Convention in 1988, and it became effective in 1989, foreign books are covered by U.S. copyright protection (regardless of formal registration) after the effective date.

The ASA narrowed the definition so that any non-”United States work,” see 17 U.S.C. § 101, is covered only if the copyright was affirmatively registered in Washington, D.C. or if the Book was published in Canada, the United Kingdom, or Australia, on or before January 5, 2009 (ASA § 1.19). Plaintiffs also added “six non-U.S. based Representative Plaintiffs who fairly and adequately represent the interests of Class members whose Books and Inserts were published in the U.K., Canada or Australia.” (Pls.’ Suppl. Mem. 25, ECF No. 955).

Foreign rightsholders remain concerned, however, because many foreign books were registered in the United States to ensure coverage under U.S. law, especially those registered before 1989. (See, e.g., Germany Mem. 2-3, ECF No. 852; Suppl. Decl. of French Republic 2, ECF No. 853; Objections of Carl Hanser Verlag et al. 1-2, ECF No. 868 (publishing and author associations in Germany, Switzerland, Austria, Italy, and New Zealand); Letter from Literar Mechana to Court 1 (Jan. 18, 2010) (ECF No. 797)). VG Wort, a German “collecting society” representing authors and publishers of literary works and the fiduciary owner of some 380,000 German authors and 9000 German publishers, notes that many foreign copyright owners remain members of the class because they registered their works with the U.S. Copyright Office. (Letter from VG Wort to Court 3-4 (Jan. 21, 2010) (ECF No. 857)). Indeed, France and Germany, as well as many authors and publishers from countries such as Austria, Belgium, India, Israel, Italy, Japan, New Zealand, Spain, Sweden, Switzerland, and the United Kingdom continue to object to the ASA, even with the revisions.

Many foreign objectors express concern as to whether the ASA would violate international law, including the Berne Convention and the Agreement on Trade-Related Aspects of Intellectual Property Rights. Indian authors and publishers, for example, object that the ASA “continues to provide Google with sweeping rights to exploit works of Indian authors/publishers under copyright protection without their express permission/consent, a violation of international and Indian copyright laws.” (Objections of Niyogi Books et al. 1, ECF No. 807). An association of Canadian university teachers asserts that the ASA would “put[] the United States in violation of international intellectual property law and specifically in violation of trade agreements among Canada, the United States, and other parties as those agreements relate to copyright.” (Letter from Canadian Ass’n of Univ. Teachers to Court 2 (Jan. 28, 2010) (ECF No. 900)). The Japan P.E.N. Club, an organization consisting of poets, playwrights, essayists, editors, and novelists in Japan, also opposes approval of the ASA, arguing that the settlement would give Google “an almost insurmountable market advantage worldwide in the world of digital book publishing, while granting it a monopoly at home in the United States and other English-speaking countries.” (Japan P.E.N. Club Amicus Curiae Br. in Opp’n to ASA 6, ECF No. 848-2).

Google responds that “this case is about United States copyright interests. It’s about uses of works in the United States.” (Hr’g Tr. 157-58 (Daralyn J. Durie)). This argument, however, ignores the impact the ASA would have on foreign rightsholders. In any event, I need not decide whether the ASA would violate international law. In light of all the circumstances, it is significant that foreign authors, publishers, and, indeed, nations would raise the issue.

A number of foreign objectors also complain that it was difficult for foreign authors to determine whether they were covered by the ASA. (See, e.g., Germany Mem. 6-7, ECF No. 852; Letter from Centro Español de Derechos Reprográficos to Court 1 (Jan. 22, 2010) (ECF No. 827); Letter from Irish Copyright Licensing Agency Ltd. to Court 1 (Jan. 26, 2010) (ECF No. 881); Letter from Assucopie to Court 1 (Jan. 22, 2010) (ECF No. 882)).21 Works registered in the Copyright Office before 1978, for example, are not included in the online directory, and until recently the only way such foreign rightsholders could search the Copyright Office records was to do so in person in Washington, D.C., or by commissioning a member of the Copyright Office staff to conduct a search for a fee of $330. (Objections of Carl Hanser Verlag et al. 12, ECF No. 868).

 

21   There was some support for approval of the ASA from Australia, Canada, and the United Kingdom (see, e.g., Letter from Publishers Ass’n to Court 1 (Jan. 27, 2010) (ECF No. 825) (United Kingdom); Letter from Canadian Publishers’ Council to Court 1 (Jan. 27, 2010) (ECF No. 826); Letter from Australian Publishers Ass’n to Court 1 (Jan. 28, 2010) (ECF No. 830); Letter from Soc’y of Authors to Court 1-2 (Jan. 22, 2010) (ECF No. 876) (United Kingdom)), although not everyone from those countries agreed (see, e.g., Letter from Diana Kimpton to Court 1 (Jan. 10, 2010) (ECF No. 817) (United Kingdom); Letter from Jenny Darling & Assocs. to Court 1 (Jan. 22, 2010) (ECF No. 886) (Australia); Letter from Canadian Ass’n of Univ. Teachers to Court 1 (Jan. 28, 2010) (ECF No. 900)).

In addition, certain foreign objectors emphasize that the problem of orphan books is a global one. As Germany notes: “Courts and class action settlements are not the proper province for creating a cutting edge copyright . . . framework to bind future generations and impact global competition for the future of digital libraries.” (Germany Mem. 11, ECF No. 852). Likewise, France argues:

Concerning «Unclaimed books«, national laws on «orphan« or «unclaimed« books in the digital age are now being elaborated in many countries. Each nation, pursuant to its own governing laws and structure, is the only actor with sufficient legitimacy to make decisions that affect Copyright. France considers that, in the meantime, any digital exploitation of books must abide by the international principles of copyright and, in particular, the prior consent of the rights holders.

 

 

(Suppl. Decl. of French Republic 2, ECF No. 853). The fact that other nations object to the ASA, contending that it would violate international principles and treaties, is yet another reason why the matter is best left to Congress.22

 

22   Germany further argues as follows:

 

The [ASA] still rewards Google — a serial scanning infringer — with a de facto exclusive license regarding copyrights held by authors for books published in the United States, Canada, Australia, and United Kingdom, as well as over German and other international authors whose books have been registered in the United States. Competing digital libraries in Germany (“Deutsche Digitale Bibliothek”) and throughout the world do not enjoy rights to such authors or “Orphan Works” because Germany requires licensing of rights prior to the usage of Orphan Works. Such a sweeping de facto compulsory license system would require legislative action (equivalent to Congressional action) in Germany.

 

 

(Germany Mem. 8, ECF No. 852).

 

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In the end, I conclude that the ASA is not fair, adequate, and reasonable. As the United States and other objectors have noted, many of the concerns raised in the objections would be ameliorated if the ASA were converted from an “opt-out” settlement to an “opt-in” settlement. (See, e.g., DOJ SOI 23, ECF No. 922; Internet Archive Mem. 10, ECF No. 811). I urge the parties to consider revising the ASA accordingly.

The motion for final approval of the ASA is denied, without prejudice to renewal in the event the parties negotiate a revised settlement agreement. The motion for an award of attorneys’ fees and costs is denied, without prejudice.

The Court will hold a status conference on April 25, 2011, at 4:30 p.m., in Courtroom 11A of the Daniel Patrick Moynihan Courthouse.

SO ORDERED.

Dated: March 22, 2011

New York, New York

/s/ Denny Chin

DENNY CHIN

United States Circuit Judge

Sitting By Designation

 

 

 

 

 

 

 

 


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